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Homenaje a Miguel Delibes
ConMosca rinde un homenaje a Miguel Delibes, cinco
colaboradores habituales de la revista reflejan su punto de vista sobre el
escritor y su literatura a través de fragmentos de sus obras relacionados
con la pesca y la Naturaleza.
Jesús García Azorero. -Azorero-
Yo, sinceramente, no me siento capacitado para comentar
los aspectos literarios de la obra de Miguel Delibes. Sólo puedo decir
que, como todos sus lectores, con su muerte he tenido una sensación de
pérdida, de vacío. Pero, meditándolo un poco, resulta que esta impresión
es engañosa. Los que no somos de su círculo familiar, nos aproximamos a él
a través de sus obras, y estas siguen tan vivas como la primera vez que
salieron de la imprenta. Yo, como casi todos, vuelvo continuamente a
releer sus historias, a disfrutar con las aventuras de Lorenzo el cazador,
a asombrarme con el monólogo estremecedor de Menchu ante el cadáver de su
marido Mario. Y con el Tío Ratero. Y con Paco el Bajo, y con Azarías.
Incluso, me atrevo a confesar mi ignorancia e ir un paso más allá: con
motivo de los obituarios que he leído en la prensa estos días, he
descubierto que aún me queda mucho Delibes por leer. Realmente su obra es
muy extensa, y además de sus novelas más famosas, hay muchos otros
escritos, que me mantendrán ocupado y entretenido hasta que el paso del
tiempo me prive también del placer de la lectura.
Como pescadores, todos recordamos el mismo libro: “Mis
amigas las truchas”. Es asombroso hasta qué punto un texto, que el mismo
autor reconoce que fue escrito como un diario sin demasiadas pretensiones,
se ha convertido en un clásico que todos cuantos escriben sobre pesca en
este país intentan imitar. Pero creo que este libro merecería un análisis
mucho más detallado y cuidadoso, que tal vez podamos hacer en otro
momento.
Buscando entre los libros de mi biblioteca, he encontrado
otro escrito de Delibes relacionado con la pesca. Se trata del prólogo de
una obra, “Alegrías de la Pesca”, libro originalmente escrito en francés
bajo la dirección de Daniel Maury, con versión española de Eduardo Trigo
de Yarto publicada en 1978. En un prólogo de diez páginas, Miguel Delibes
nos deja sus impresiones sobre el mundo de la pesca. En particular,
incluye unos párrafos de un artículo antiguo, escrito a finales de los 50,
relatando sus primeras impresiones de pescador novel:
“(…) Ante este cúmulo de reveses, yo, como
principiante, me atrevía a formular, al final del artículo, una serie de
consejos dirigidos a los presuntos pescadores de truchas con cebo
artificial. He aquí mis consejos (?) de hace veinte años:
“Primero: Que no se dejen (los aspirantes) ganar por
las apariencias, supuesto que si uno se desplaza a pescar a Cuenca resulta
que el paraíso del pescador está en León, pero si se llega a León,
resultará que el paraíso está en Cuenca. Segundo: Que la práctica choca
con la teoría en lo referente a la economía de este deporte. Más fácil que
pescar tres docenas de truchas con una cucharilla es que usted precise
tres docenas de cucharillas para pescar una trucha. Tercero: Que la trucha
aún no tiene apetito en marzo y en abril ya se le ha pasado. Y, aún dando
por supuesto que lo conserve, si el día está claro, los peces ven el
artificio, y, si está oscuro, no distinguen el cebo. Y cuarto: Que no se
engañe usted diciéndose que el campo, al menos, sirve para aventar el mal
humor de seis días de oficina, ya que es mucho más probable que tenga que
emplear los seis días de oficina para disipar el mal humor de un día de
pesca adverso que lo contrario “.
Como advertirá el lector, mi idea sobre el silencio
piscícola -solo comparable, en su obstinación, al silencio administrativo-
ha variado poco con el tiempo. En otros puntos, ello es evidente, ha
cambiado de opinión, pero no en lo que atañe al hermetismo del pescador.
Convengamos en este extremo: el pescador de truchas no suele ver un colega
en el otro pescador que aparece de repente en un recodo del río, sino más
bien un contrincante, un adversario. Esto supone que el pescador está solo
con la caña en la mano, su absoluto y total desconocimiento y su
esperanzada ilusión, lo que en pocas palabras equivale a decir que el
pescador de truchas se hace a sí mismo, cuando se hace: es un autodidacta.
Y se hace, lógicamente, con las cautelas, los prejuicios y las corruptelas
a que conduce una serie de experiencias aisladas sin posible cotejo,
absolutamente personales. Pero es, quizá, gracias a esta soledad, que el
pescador puede conectar con el mecanismo mental del pez, ponerse en su
lugar, y llegar a sacar provecho de un aparejo y unos medios que se le
antojaban inútiles en su iniciación. La competencia con el pez encierra de
esta manera mayor valor, puesto que siempre es mayor el placer que deparan
las cosas conquistadas a pulso, merced al propio esfuerzo, que aquellas
otras que se nos regalan.(…)”
Creo que no hay más que añadir. Volvamos a sus libros. Él
está ahí.
Manuel Rubio. -Proteo-
“Sentí con esto mitigarse mi temor hacia la muerte
rondadora (…). Había logrado, en fin, situarme en el plano ecuánime de la
relatividad del dolor apartándome del estéril campo del sacrificio
absoluto y de su estremecedora elaboración cerebral (…). Me daba cuenta
ahora de que es un error en la vida guiarse sólo por el cerebro; que en la
vitalidad íntima, como en la externa, como en la del mundo en que nos
movemos, todo debe fundarse en el criterio de la proporción y del
equilibrio; que todo lo que el uso tiene de humano, lo tiene de inhumano
el abuso, el exceso y la desproporción. Había llegado a topar con esa
armoniosa coincidencia de la parte en el todo, de mi yo en el mundo
circundante.
La sombra del ciprés es alargada, (libro segundo,
cap.XIV)
En este texto de la primera novela del autor se
prefiguran algunos de los temas que serán focos recurrentes en su
novelística posterior: la existencia como temporalidad, la muerte, el
dolor por los seres perdidos… Son muchos los temas que Delibes trató en
sus escritos, pero éstos siempre están enraizados en la temporalidad y la
fragilidad de cuanto existe: el hombre está arrojado a un universo que le
recuerda permanentemente su limitación, su imperfectibilidad, y su
temporalidad. La muerte es la muestra más evidente de la temporalidad de
cuanto existe; así mismo, la injusticia, el dolor de los más débiles y su
sufrimiento, son otras de las marcas que la temporalidad imprimirá en el
hombre en particular y en la sociedad en general. Sin embargo, y ante la
desesperación, siempre queda el equilibrio en el pensar y en el vivir como
medicina que atenúa el dolor del tiempo perdido y de la vida en fuga.
En Delibes la vida es la tensión existencial entre el
transcurrir del tiempo y la extinción. Todo está destinado a naufragar,
excepto para aquéllos que saben conjugar el corazón y el cerebro, la
pasión y la razón. Como pocos, supo vivir con pasión. Su interés por la
caza y la pesca fueron la materialización de su amor por la naturaleza que
aparecerán como temas recurrentes y referencia axial de toda su obra. Por
otra parte, la razón se encarnó en su obra como la reivindicación de lo
justo y la denuncia de la injusticia social, a la luz de principios de
racionalidad, que más apuntaban al criterio de un hombre de la
Ilustración, que a un hombre de la segunda mitad del siglo XX.
Esta búsqueda del equilibrio entre lo racional y lo
emocional, que refleja el texto que aquí os presento, fue la máxima con la
que comenzó su primera novela y con la que vivió durante toda su vida, y a
la postre, el modo como ha abandonado el mundo: con la apacibilidad de un
hombre tranquilo, que vivió conforme a la máxima de la búsqueda de la
justicia social en el terreno de la racionalidad, y a la efervescencia
pasional de su amor hacia la caza y la pesca en particular, y hacia la
naturaleza en general.
“No me torturaba en estos días la angustia de
sentirme bajo el asfixiante patrocinio de la sombra alargada y negra de un
ciprés”.
La sombra del ciprés es alargada, (libro segundo,
cap.XIV)
Antonio Madroñero. -Anmagud-
No es fácil que ocurra, pero cuando se conjugan lo mejor
de una Persona, con lo mejor de una Tierra y lo mejor de una Lengua, surge
una obra como la de D. Miguel Delibes.
Y es que conseguir expresar con tanto tino como él lo
hace, el profundo respeto y cariño que uno tiene por su tierra y su gente,
sólo está al alcance de muy, muy pocos elegidos.
D. Miguel posee el don de saber convertir en poesía un
lance de caza o de pesca, la dureza del terruño y la vida rural, miseria,
hambres y otros viejos pesares (quizá no tan antiguos) llenando de
detalles sutiles y refinada belleza hasta el más, aparentemente
insignificante, trance; hasta el más vulgar de los personajes...
Y sobre todo, tiene el gran privilegio de haber sabido
entender cuál es nuestra situación en la naturaleza; de cómo un
"depredador civilizado" puede ser el mejor defensor y conservador de ésta.
Y no sólo lo ha entendido, sino que es capaz de hacerlo ver en sus
escritos y darlo a comprender para todo el que esté abierto a ello.
Como recuerdo y pequeño homenaje, me gustaría proponer un
fragmento de una obra considerada "menor" de D. Miguel, aunque para mí,
por mi afición y convicciones, siempre estará entre las destacadas: "Mis
amigas las truchas".
En esta obra, publicada en 1977 y escrita por un pescador
tradicional, puede uno encontrar referencias a un ideario que aún tardaría
en irse abriendo camino un par de décadas. Y creo que su lectura no
vendría mal como bálsamo para muchos integrismos de los que se dan en
nuestro mundillo.
En este pasaje en concreto (y como compuesto a propósito
para esta revista nuestra), con su estilo claro y cercano, nos describe
magníficamente una serie de situaciones y sensaciones que a la inmensa
mayoría, si no a todos, nos resultarán familiares.
Mis amigas las truchas Miguel Delibes La mosca
seca (31 julio 1975)
En la tarde de ayer bajé con Juan al Rudrón a hacer
brazo con la mosca seca. Ambos somos imperitos en este arte. Mi
experiencia se reduce, como creo conté ya, a una hora de latigueo en la
Piscina Samoa, en Valladolid. En cuanto a Juan, con decir que es mi alumno
creo que he dicho bastante.
Los expertos aconsejan someterse a un periodo de
aprendizaje laborioso. Para ello, dicen, nada como pasarse dos o tres
horas diarias en una era poniendo una referencia -una piedra o un papel-
para observar los progresos en la precisión de nuestras varadas. Yo, la
verdad, aunque bastante paciente, me considero incapaz de pasarme dos o
tres horas en un prado flagelando al aire, a la nada. Por eso preferí
pagar unas pesetas y bajar al río para ensayar en vivo. Y no me
arrepiento. En primer lugar porque entre la primera varada y la última
advertí un progreso considerable y, en segundo, por que juan y yo, a base
de constancia, hicimos aflorar nueve truchas, la mayor parte de ellas
insignificantes (...)
No es un ensayo improvisado a base de cuatro
instrumentos puntales; sino un ensayo general a toda orquesta. Después de
él he descubierto el huevo de Colón: la tralla es maña más que fuerza. Hay
que dibujar, no apalear. No se trata de fustigar a un caballo. Por eso en
el más templado de mis lances, sobre un cachón, se engancho la única
trucha de la tarde: un alevín despreciable no mayor de doce centímetros
que, sin embargo, me produjo una desproporcionada alegría (...)
En una palabra, por primera vez vi que la cosa es
factible por más que la técnica de la recogida, sujetando caña y cola de
rata con una mano y tirando de la punta de ésta con la otra es casi tan
prehistórica como la del lanzamiento, que ya es decir.
Ernesto Cardoso. –Ernesto-
Muchos hemos admirado a Delibes por su narrativa, yo
además lo he hecho también por gran parte de su ideario. Este libro lo
encontré teniendo ya una formación ideológica consolidada, descubrí
–después de haberme identificado a lo largo de los años con más de uno de
los personajes de sus novelas- que comparto gran parte del pensamiento que
en sus páginas expone. A pesar de que han pasado más de 30 años desde su
publicación, la clarividencia del escritor hace que las ideas expuestas
sean de plena vigencia. En este libro Miguel Delibes no disfraza sus
aseveraciones en los diálogos de sus personajes, es él quien nos da sus
claves de la visión filosófica y sociológica del Mundo cuando todavía
existían ideologías y personas capaces de exponerlas claramente y de
defenderlas. Este es el texto que os propongo.
El Mundo que
agoniza Miguel Delibes Primera edición. Octubre de 1979
Para nuestra desgracia, el culatazo del progreso no
sólo empaña la brillantez y eficacia de las conquistas de nuestra era. El
progreso comporta —inevitablemente, a lo que se ve— una minimización del
hombre. Errores de enfoque han venido a convertir al ser humano en una
pieza más —e insignificante— de este ingente mecanismo que hemos montado.
La tecnocracia no casa con eso de los principios éticos, los bienes de la
cultura humanista y la vida de los sentimientos.
(…)En la respuesta a estas interrogantes no es fácil
el acuerdo. Ello nos desplazaría, por otra parte, a ese otro complejo
problema de la ocupación del ocio. Lo que no se presta a discusión es que
el «estar bien» para los actuales rectores del mundo y para la mayor parte
de los humanos, consiste, tanto a nivel comunitario como a niveles
individuales, en disponer de dinero para cosas. Sin dinero no hay cosas y
sin cosas no es posible «estar bien» en nuestros días.
El dinero se erige así en símbolo e ídolo de una
civilización. El dinero se antepone a todo; llegado el caso, incluso al
hombre. Con dinero se montan grandes factorías que producen cosas y con
dinero se adquieren las cosas que producen esas grandes factorías. El
hecho de que esas cosas sean necesarias o superfluas es accesorio. El
juego consiste en producir y consumir, de tal modo que en la moderna
civilización, no sólo se considera honesto sino inteligente, gastar uno en
producir objetos superfluos y emplear noventa y nueve en persuadirnos de
que nos son necesarios.
Ante la oportunidad de multiplicar el dinero
—insisto, a todos los niveles—, los valores que algunos seres aún
respetamos, son sacrificados sin vacilación. Entre la supervivencia de un
bosque o una laguna y la erección de una industria poderosa, el hombre
contemporáneo no se plantea problemas: optará por la segunda. Encarados a
esta realidad, nada puede sorprendernos que la corrupción se enseñoree de
las sociedades modernas. El viejo y deplorable aforismo de que cada hombre
tiene su precio alcanza así un sentido literal, de plena y absoluta
vigencia, en la sociedad de nuestros días.
(…)Y ¿qué decir de los trabajos rutinarios,
embrutecedores, sobre los que se organiza hoy la gran industria?
La eficacia, la producción espectacular —o, lo que es
lo mismo, el dinero— se antepone igualmente a la integridad y la dignidad
humanas. Fabricar un hombre es una actividad infinitamente más sencilla y
agradable que fabricar un automóvil, con lo que nunca ha de faltar el
recambio para un hombre inutilizado. Sobre esta base, nace y se extiende
la fabricación en serie, en cadena, donde no cuentan más que los
resultados. Las nobles advertencias de Charles Chaplin al respecto, en el
primer tercio del siglo, es decir, cuando aún era tiempo de reflexión,
quedaran como una obra de arte, sin ninguna trascendencia
práctica.
Santiago Robles.-prosopistoma-
Él no conocía nada fuera de aquel valle donde había
nacido, pero no anhelaba tampoco conocer nada más. Era el suyo, un valle
vegetal, lujurioso, circundado de altas montañas que, a veces, se
incrustaban en el cielo, dejando sólo al descubierto sus faldas de un
verde grisáceo. Por el centro del valle discurría, impetuoso y salvaje, un
río de montaña; el rumor de la erosión en la roca viva era oscuro y
monótono como el cielo del valle en invierno. En marzo y abril, cuando las
aguas descendían más espesas y turbias, la gente del pueblo pescaba
truchas enormes en las pozas del río. (…)
Miguel Delibes
“La vocación”. Cuento publicado en el número 724 de
“Destino” el 23 de junio de 1951. Recopilado en “Tres pájaros de cuenta y
tres cuentos olvidados” en 2003 (RqueR Editorial).
Por casualidad, y sin que nadie me invitará, entre a
formar parte en la adolescencia del mundo de Miguel Delibes. Ya no pude
escapar. Las sensaciones, los olores, los paisajes y hasta los personajes
que él me presentaba, de alguna y o de otra forma, los había tenido cerca.
Suerte la mía de haber conocido, una veces obligado y otras por gusto, la
naturaleza, los campos, las montañas y los ríos desde muy niño.
Fue entonces cuando, en cada nuevo libro que me leía, me
sentía cada vez más identificado con su forma de describir el mundo. Poco
a poco, su referencia iba quedando patente en mi vida. En aquella época,
esa referencia podía haber sido un grupo de música, un empresario o un
científico, pero no, a mí me guiaba la lectura de su obra: era su
camino.
No me acobardo al expresar que, de manera
inconsciente, decidí saber más de la naturaleza, más de los ríos, más de
los pueblos y sus gentes. De esos de los que él me hablaba. Necesitaba
vivir lo que había leído.
La rutina del día a día te hace olvidar como has llegado
hasta donde estas. No querría dejar de mirar atrás y de dónde vengo, pero
lo que si tengo claro es lo que quiero encontrar: ese valle dónde no
anhele conocer nada más.
Va por ti Miguel. Descansa en paz.
Obras de Miguel Delibes
- La sombra del ciprés es alargada (1948)
- Aún es de día (1949)
- El camino (1950)
- Mi idolatrado hijo Sisí (1953)
- La partida (1954)
- Diario de un cazador (1955)
- Un novelista descubre América (Chile en el ojo ajeno) (1956)
- Siestas con viento sur (1957)
- La barbería (1957)
- La mortaja (1957 y 1970)
- Diario de un emigrante (1958)
- La hoja roja (1959)
- Por esos mundos: Sudamérica con escala en Canarias (1961)
- Las ratas (1962)
- Europa: parada y fonda (1963)
- La caza de la perdiz roja (1963)
- El libro de la caza menor (1964)
- Viejas historias de Castilla la Vieja (1964)
- Cinco horas con Mario (1966)
- USA y yo (1966)
- La primavera de Praga (1968)
- Alegrías de la caza (1968)
- Vivir al día (1968)
- Parábola del náufrago (1969)
- Con la escopeta al hombro (1970)
- Mi mundo y el mundo (1970)
- Un año de mi vida (1972)
- Castilla en mi obra (1972)
- El príncipe destronado (1973)
- Las guerras de nuestros antepasados (1975)
- S.O.S. (1976)
- Aventuras, venturas y desventuras de un cazador a rabo (1977)
- Mis amigas las truchas (1977)
- El disputado voto del señor Cayo (1978)
- Castilla, lo castellano y los castellanos (1979)
- El mundo que agoniza (1979)
- Dos días de caza (1980)
- Los santos inocentes (1981)
- Las perdices del domingo (1981)
- Dos viajes en automóvil: Suecia y los Países Bajos (1982)
- Tres pájaros de cuenta (1982)
- El otro fútbol (1982)
- Cartas de amor de un sexagenario voluptuoso (1983)
- El tesoro (1985)
- La censura de prensa en los años 40 y otros ensayos (1985)
- Castilla habla (1986)
- Madera de héroe (1987)
- Mi querida bicicleta (1988)
- Mi vida al aire libre (1989)
- Pegar la hebra (1990)
- Señora de rojo sobre fondo gris (1991)
- El último coto (1992)
- La vida sobre ruedas (1992)
- Un deporte de caballero (1993)
- Un cazador que escribe (1994)
- Diario de un jubilado (1995)
- He dicho (1996)
- El hereje (1998)
- Tres pájaros de cuenta y tres cuentos olvidados (2003)
- España 1936-1950: muerte y resurrección de la novela (2004)
- La tierra herida (¿Qué mundo heredarán nuestros hijos?) (2005)
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