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El rey del río
Es en los pequeños detalles, aquellos que a veces nos
parecen cotidianos, donde se esconde la propia esencia de la pesca a
mosca. Soy consciente de que me queda un largo camino, que nunca terminaré
de aprender, y si alguna vez llego al final, al conocimiento pleno,
probablemente la pesca del salmón pierda para mí, sino todo, parte de su
encanto. Después de lanzar incontables veces la mosca en busca de ese
momento, en el que la línea se para con decisión, y sientes que hay vida
al otro lado con ese cabeceo seco y profundo, seguido de carreras
impredecibles, saltos más propios de un circo que de un paraje natural, y
con un poco de suerte, de la captura y liberación del pez, me doy cuenta
que sin duda, ese mágico momento en el que el salmón tomó la mosca, para
mi, recoge en sí mismo toda la esencia y el sentido de la pesca a mosca.
Buscaba tranquilidad, quería analizar lo ocurrido durante
el día, buscando una explicación que sabía a ciencia cierta no iba a
encontrar, o tal vez sí. Todavía no había puesto un pié en la terraza del
campamento, donde quería degustar una casi helada cerveza rusa
contemplando el susurrante fluir del Kola, cuando Jussi, un enorme
finlandés de 1,90 m (lo midieras por donde lo midieras), en un tosco pero
estructurado inglés nórdico y sin apartar su vista del pozo del
campamento, preguntó:
- ¿Un mal día? - No, ha sido uno de los mejores de mi
vida- respondí. Y los dos en silencio contemplamos los reflejos del sol de
media noche sobre las aguas del gigante.
El viernes fue un día loco, de esos que uno siempre
guarda en la memoria y le gustaría repetir, evitando ciertos errores y
exprimiendo más y más, si cabe, las horas de río en busca de esos lomos
plateados repletos de fuerza y vitalidad. Hasta las seis de la tarde,
cuando un duende decidió tomar un baño en el pozo y los peces parecieron
atemorizarse, el río bullía de vida y todo discurría en una perfecta
armonía, como la maquinaria de los afamados relojes suizos, en los que
cada pieza ocupa su lugar y sabe cual es su cometido, incluidos nosotros
los pescadores.
“Junction Pool” el pozo mágico donde las aguas del río
Kitza se funden con las del gigante Kola, parecía hervir cuando llegamos a
las diez de la mañana. Los pequeños añales plateados saltaban por doquier
rompiendo continuamente el espejo de la superficie, y dejaban entrever las
aguas teñidas de cobre. Ya conocíamos el tramo pues lo habíamos pescado el
domingo anterior y teníamos confianza ciega en él. Sabíamos que era uno de
los mejores pozos del río, y los grandes salmones por los que el Kitza es
famoso, siempre terminan parando en la junta de las aguas, esperando esa
indicación precisa que les oriente sobre el camino que han de tomar.
Michael, mi compañero de tramo toda la semana, pescaba
con su guía Shasa el cuello del pozo, justo en la rompiente de las aguas
antes de precipitarse en los rápidos que desembocaban en el siguiente
pozo, “Serious Pool”.
Nosotros anclamos el bote en la junta de los dos ríos,
pues sabíamos que allí íbamos a encontrar la acción que estábamos
buscando. Tras unos primeros lances, en los cuales mi hombro dejaba
entrever la tensión acumulada de varios días de pesca, un pequeño salmón
decidió tomar la pequeña Cascade que había atado al terminal. Un buen
amigo y pescador de mosca me había recomendado llevar siempre unas
Cascades, y parecían funcionar bien con los salmones de Kola, pues durante
toda la semana esa mosca había clavado muchos ejemplares en todas las
cañas del campamento, desde que el primer día en doce lances, Michael y
yo, clavamos diez salmones, dos de ellos por encima de los 6 kilos de
peso.
Tras la pérdida en la sacadera de un segundo grilse, como
los anglosajones llaman a nuestros añales, y mientras revisaba mi
terminal, me percaté de dos grandes rocas en la parte más fuerte de las
aguas que bajaban del Kitza, y algo me indicó que podía ser un buen lugar,
pues si algo había aprendido estos últimos días, era que no hay corriente
suficientemente fuerte que impida a un salmón subir a por la mosca. Tom
remó aguas arriba y dejamos deslizar el bote anclandoló en un punto
perfecto, un lance de unos quince metros desde la derecha, me daría un
control perfecto de la deriva de la mosca. Con la segunda deriva de la
mosca, algo pareció moverse delante de las rocas, un destello plateado de
vida confirmaba mi presentimiento. El siguiente lance no llegó a buen
término, pues un salmón de unos tres kilos de peso se había encaprichado
de mi Cascade, mosca por la que los pequeños añales tenían especial
predilección, no dejando derivarla hasta aquel punto que yo quería
curbrir. Entonces, me acordé de mi amigo Jussi y su estúpida imitación de
gamba, una mosca tan fea a mis ojos como efectiva para salmones grandes,
según palabras de su creador. Decidí atarla.
La segunda vez que la "Jussi's shrimp", como la llamaría
a partir de entonces, pasaba por delante de la roca, la deriva paró en
seco, el cabeceo del pez y la línea deslizándose entre mis dedos, me
indicaban que tenía el salmón clavado. Era un buen ejemplar, de unos ocho
o nueve kilos de peso, que tras dos carreras en el pozo se descolgó aguas
abajo por los rápidos. La tensión era demasiado fuerte, y una vez perdido
el salmón comprobamos como el anzuelo había sido enderezado por completo.
El café ruso, aunque fuerte y amargo, sienta de maravilla
después de una sopa no apta para paladares mediterráneos y un sándwich
frío al más puro estilo inglés. Esos minutos de asueto en la comida, el
único descanso a lo largo del día además del inevitable trajín en el bote
para desplazarnos de pozo en pozo, se intentan aprovechar para distraer
una sonrisa de las castigadas caras de los guías rusos.
Después del almuerzo decidí pescar el mismo punto pero
esta vez desde la orilla, pues me ha quedado una espinita clavada.
Comienzo a lanzar más arriba y voy descendiendo poco a poco, metro a
metro, peinando la corriente perfectamente, pero no ocurre nada. -¿Qué
verán los peces en una mosca para decidir atacarla? - me pregunto a mi
mismo. Un claro y brusco stop me devuelve a la realidad, y cual hermano
del anterior, el pez se descuelga por la corriente. En la orilla es más
fácil seguir tras él pero al llegar a los rápidos la cosa se complica, y
cuatro minutos después he vuelto a perder el salmón. Esta vez, los diez
kilos que pudo calcularle Tom, se han aliado con la fuerza de las aguas
para romper el Terminal, probablemente al rozar con alguna de las rocas en
la huida.
Desaliento y desesperación. - ¿Porqué? - pienso para mí-
He pescado cinco salmones en lo que va de día, perdido alguno más y,
aunque pequeños, me he divertido. Tardaría con suerte unas dos o tres
temporadas en pescar eso en España. Michael me rehuye la mirada desde el
bote en el centro del río, no hay mucho que decir. Demasiados sinsabores
en un mismo pozo, y tal vez mi suerte haya ido río abajo con los salmones,
así que decidimos ir tras ella.
Cuando Tom comenta que la profundidad de “Serious pool”
es de unos doce metros entiendo porque lo llaman "el pozo de los grandes
peces". Un tremendo pozo casi circular de unos cincuenta metros de
diámetro, flanqueado por dos rápidos aguas arriba y abajo, lo convierten
en el lugar idóneo de descanso y refugio para muchos salmones en su
ascenso para el desove. El domingo lo habíamos saltado por no tener línea
hundida para pescarlo correctamente, así que aprovechamos el tiempo aguas
abajo en el “Pozo de las Bombas” donde saqué un par de salmones, uno de
ellos cercano a los siete kilos.
Esta vez, sin embargo, quería pescarlo, quería pescar la
falda del pozo, pues era el lugar donde intuía estaban parando los
salmones con el agua sobre los 14 ºC, una temperatura casi perfecta para
descansar a medias aguas. Poco después tenía una nueva picada. Seca,
solamente un duro golde en la línea.
- Tengo uno Tom - indique sin levantar la mirada del
punto en el que intuía el pez. - ¿Grande? - Si Tom, grande, vamos a
la orilla.- Los pequeños grilses pueden cobrarse en el bote sin problemas,
evitando los continuos viajes por el pozo molestando a los peces, los
grandes salmones…eso ya es harina de otro costal. El salmón venía nadando
tras de nosotros, siguiendo la tensión constante de un extraño nylon que
tiraba de su boca.
Según nos acercábamos a la orilla me había ido percatando
que se trataba de un buen salmón, probablemente algo mayor que los nueve
kilos del pez que saqué en “Mónica Pool” el miércoles, y estaba en el
mejor pozo del río para pelearlo. Esta vez no quería fallos, el salmón no
tenía como única escapatoria esos dichosos rápidos que tan mala jugada me
habían proporcionado, y el pez parecía bien clavado.
Ya en la orilla, y recogiendo línea, fui acompasando mi
ritmo al movimiento del pez. Dos metros delante de nosotros, en un escaso
metro de agua asomaba la aleta dorsal de un tremendo salmón, el cual, al
darse cuenta de lo que estaba sucediendo, arrancó en una estrepitosa
carrera hacia el fondo del pozo. Nunca había visto en el río un salmón tan
grande, nada semejante, tan sólo en las largas tardes de invierno,
refugiado e instruido en multitud de libros, revistas y páginas web,
soñando con peces de leyenda.
El freno de mi nuevo carrete, comprado al efecto del
viaje en el clásico arranque sin razón de "no me puede faltar ni nada ni
de lo mejor", no le daba tregua. La carrera era interminable, parecía que
el pozo no iba a terminarse nunca, y por fin los doscientos metros de
backing parecían tener algún sentido, aún cuando solo tuviera fuera una
pequeña parte de los mismos. Estaba reconociendo el pozo y su nueva
carrera, más tranquila al verse liberado de la tensión del carrete, era
hacia nosotros, hacia el punto donde había sido despertado de su descanso,
y de nuevo vuelta a empezar. El tren que circula paralelo al río Kola, aún
cuando se trate de vetustas maquinarias destinadas al desguace en
cualquier país civilizado, parece tener algo en común con estos salmones.
Michael y Shasa contemplaban ahora a nuestro lado la
pelea. Habían parado en mitad del rápido, donde Michael había sacado siete
kilos de pura plata, como diría el bueno de Henry, pero al darse cuenta de
lo que estaba pasando en “Serious” decidieron no perderse el espectáculo.
Dos vueltas después, tras 10 minutos de pelea, y cuando
no sabía que debía hacer, el salmón decidió mostrarse cual película de
dibujos animados. Un salto delante nuestro, a no más de dos o tres metros
de nuestra cara, levitando en el aire por solo un segundo, exponía cual
modelo su hermoso y escultural cuerpo. El golpe de agua seguido por el
constante crepitar de mi carrete, anunciaba un nuevo episodio de la
batalla. De repente la línea flojeó, no quería darme cuenta de lo que
había pasado, pero lo sabía. Bobiné tan rápido como me fue posible, a la
espera de que él estuviera allí, de vuelta de nuevo hacia nosotros. El
nylon había roto. Hoy se había terminado la bobina de fluorocarbono de 40
lb que me había traído Michael desde la lejana Dinamarca, y sólo tenía
aquel en cuya etiqueta podía leerse 10.7 kg.
Un sordo silencio tapaba incluso el monótono fluir de las
aguas en el pozo. No dijimos ni una sola palabra durante unos minutos.
Simplemente mirábamos el pozo, donde un submarino plateado intentaría
escupir mi mosca, esa Jussi shrimp que tanto adoraban los grandes
salmones.
- ¡Big one Tom! ¿15 kg?- me atreví a preguntar. - Si
muy grande, nunca había visto uno de estos - comentó el joven Tom.
Shasa, que en sus 10 años como guía en el campamento
acumulaba mucha más experiencia que el joven indicó:
-La semana pasada eché a tierra un salmón de 15 kg con
uno de mis clientes, y éste que has perdido era mucho mayor. - ¿Forty
pounder? - Pues así es como llaman los anglosajones a los peces que
superan los 20 kg de peso - pregunté - Si, un auténtico salmón del Kola
- replicó Shasa – ¿Para eso habías venido no?
Michael no dijo ni palabra.
Me sentía contrariado. Por un lado sabía que éste era el
mayor salmón con el que en mi vida seguramente me toparé, nunca había
soñado con él, una meta inalcanzable desde las lejanas tierras de España.
Sabía también lo difícil que es echar a tierra uno de estos peces, una
tarea realmente complicada, en la que tan sólo las experimentadas cañas
con mucha suerte pueden llegar a triunfar. Pero por otro lado pensaba -
¿Porqué a mi? ¿Ya son tres grandes salmones hoy? ¿Qué estoy haciendo mal?
Durante una hora no pude, siquiera, articular un lance, pensando una y
otra vez en el episodio que había vivido, intentando encontrar el pequeño
detalle que había llevado al fracaso mi atrevida tarea. Y no encontraba
nada más que un salmón en todo su esplendor, que me había vencido en una
dura pelea de hombre contra pez. No había sido un fracaso, sino tal vez en
éxito.
Un año después todavía sueño muchos días con el río Kola
y sus gigantes, planeando una nueva escapada para futuras temporadas. Arni
no se había equivocado, y el río Kola ha quedado grabado en mi memoria
para siempre.
Toño Puicercus |