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Para distinguir a un
gran reo de un salmón, lo mejor es fijarnos en la longitud de sus
mandíbulas. ¿Sobrepasan claramente la posición del ojo? Si es así no hay
duda: ¡es un reo! |
Introducción
Todavía hay bastantes pescadores que piensan que los reos y las
truchas son dos especies diferentes, y en más de una ocasión he fracasado en mis
intentos de convencer a algunos, que llevaban décadas pescándolos, de algo que la
ciencia ha demostrado con absoluta certeza: el reo no es sino una trucha normal y
corriente que emigra al mar.
Las razones que se esgrimen para que unas truchas migren y otras no son de índole
genética, comparables a las que hacen que unas personas sean rubias y otras morenas,
aunque la fijación y desarrollo de ese carácter migrador depende también de factores
ambientales. También parecen tener alguna relación con el sexo, pues la mayoría de los
reos suelen ser hembras.
Biología
Las truchas emigrantes comienzan su proceso tras uno o dos
(raramente tres) años de río. Descienden hasta los tramos de ría y estuario y cambian
su librea por otra plateada, sin pintas rojas, mas adecuada para camuflarse en el medio
marino.
A diferencia del salmón los reos no realizan grandes viajes mar adentro en busca de
alimento. Se quedan en las cercanías de la costa, lo que explica que mientras los
salmones son similares en uno y otro lado del Atlántico no ocurra lo mismo con las
truchas.
Tras uno, dos y en alguna ocasión tres inviernos en el mar, los reos vuelven al río (no
siempre al mismo del que han salido) para unirse a sus hermanas no migradoras en el
proceso de la freza.
La entrada en el río se produce aprovechando las crecidas, a partir del mes de abril y
hasta noviembre o diciembre, según el río y el año.
Los primeros reos en volver al río suelen ser los de sólo un invierno de mar. Los reos
de mayor tamaño suelen entrar ya bien avanzada la temporada, e incluso una vez que esta
ha finalizado.
Una vez que la freza ha concluido, el reo (que ya no se diferencia en nada de una trucha
sedentaria) suele regresar al mar, aunque no todos lo hacen, pudiendo volver a frezar en
varias ocasiones a lo largo de su vida.
Su pesca con mosca
Los reos no descansan largo tiempo en las pozas antes de ascender
río arriba. En unos pocos días pueden subir varios kilómetros, diseminándose los
grupos de reos que han penetrado unidos y ocupando en solitario puestos similares a los
que ocupan las truchas no migradoras.
Hay muchas leyendas en torno al reo. La única que para mí es cierta es que son truchas
extremadamente desconfiadas, y esto es algo que siempre debemos tener en cuenta.
Los pescadores de buldó suelen dejar su pesca para el atardecer, pero lo cierto es que,
sobre todo con mosca seca, se pueden clavar buenos reos a cualquier hora del día, aunque
es cierto que normalmente sólo se ceban de forma muy activa al atardecer, cuando se
sienten más seguros, pero eso no quiere decir que no estén en el río dispuestos a comer
lo que se ponga a su alcance.
Los mejores momentos para intentar su pesca suelen ser esos días que alternan chaparrones
y ratos de cielo azul, pero suelen ser malos para su pesca los días de niebla cerrada.
También es perfectamente posible tener un buen rato de pesca un caluroso y soleado
mediodía en pleno verano.
Moscas aconsejable son los modelos grandes de tricóptero de pelo de
ciervo, en anzuelos del diez o del doce; las imitaciones de efémera de cuerpo rojo y
pluma de color castaño (a mí personalmente me ha dado buen resultado la Royal Wulff); la
famosa red-tag, que ya es un clásico para este pez; las imitaciones de hormiga, sobre
todo en tiempo tormentoso en los meses de julio y agosto; también los pequeños dípteros
pueden servirnos esas veces en las que vemos a los reos comer en aguas paradas no se sabe
qué cosa, aunque en esas circunstancias puede dar mejor resultado un pequeño póper de
blacbás manejado sin prisas, una mosca ahogada al estilo clásico ingles, un pequeño
estrímer, o una mosca cualquiera grande y bien visible, con la que al menos sabremos
cuándo algún pez ha picado. Como siempre ocurre en esto de la pesca: no hay recetas
mágicas para el éxito.
Las fotografías que adornan el principio de cada uno de los apartados de esta página son
de moscas similares a algunas con las que he pescado reos en los últimos años.
Muchas veces más importante que elegir una u otra mosca, es saber
colocarla dónde y cómo este pez exige.
Como ya se ha dicho, si algo caracteriza al reo es su extrema desconfianza. Se diría que
tras su estancia en el mar encuentra el río demasiado pequeño y demasiado expuesto a los
peligros. Por eso busca lugares guarecidos por la vegetación, orillas encuevadas,
cercanías de grandes bloques de piedra, troncos caídos, pozas profundas... El otro
aspecto en que difiere de la trucha sedentaria es el periplo marino: es una trucha que
viene de otro medio. Esto es una verdad de perogrullo, pero conviene no perderla de vista,
significa que el reo está hecho a otra comida de la que va a encontrar en agua dulce (en
el mar no hay insectos), y esto le hace ser, sobre todo cuando lleva pocos días en el
río, no excesivamente selectivo.
Ese influjo marino se aprecia en otro rasgo de esta trucha: su
carácter "lunático". Esto no significa que los reos estén locos, aunque no
faltarán pescadores que lo piensen, sino que sus ritmos de alimentación siguen aún
ciclos muy relacionados con con los movimientos solunares. No olvidemos que las mareas
dependen de la situación de los astros cercanos, y que los movimientos de muchos animales
marinos, sobre todo de los que habitan cerca de las costas, siguen los ciclos mareales.
Conviene, por tanto, no perder de vista el horario del flujo y el reflujo ni las fechas de
las mareas vivas y muertas.
Aunque no sea esta ninguna verdad matemática, tengamos en cuenta, por si acaso, que el
reo tenderá a estar activo en el periodo de marea ascendente más que en el de la marea
descendente; que los días de marea viva su actividad será más puntual, pero más
marcada; mientras que los días de mareas muertas se moverá, aunque seguramente no con
cebas espectaculares, en cualquier momento del día
Otra diferencia entre ambas truchas es que el reo manifiesta, al
menos en sus primeras etapas en agua dulce, un carácter menos territorial. Las subidas
las realizan en bandos y durante un tiempo estos bandos continúan juntos su viaje por el
río.
Por lo demás, el reo no deja de ser una trucha, y su pesca con mosca es exactamente igual
que la pesca de cualquier trucha, con las mismas cañas y las mismas líneas que
utilizaríamos para truchas de tamaños similares con moscas no demasiado pesadas.
Lo ideal es pescar a pez visto, busquémosle en los lugares ya
citados, que por otra parte tampoco difieren mucho de los puestos típicos de cualquier
trucha. A menudo podemos encontrarlos junto a las orillas, en una cuarta de agua, bajo las
ramas o pegados a las piedras; tampoco es raro que ocupen, tal vez como lugar de descanso,
los pequeños remansos tras las piedras que pueda haber en un largo tramo de aguas
rápidas.
Si conseguimos localizarlos, procuraremos colocar una mosca más bien grande y más bien
vistosa un poco más arriba de donde esta el pez, y esperaremos acontecimientos.
La subida del reo a la mosca seca suele ser lenta, más lenta que la
de la trucha sedentaria, por lo que conviene no precipitarse al clavar. A veces, los
pescadores acostumbrados a la trucha, piensan que el reo rechaza su mosca, cuando lo que
ocurre es que actúan con excesiva rapidez y, literalmente, le sacan la mosca de la boca.
Si por cualquier motivo (lugares con demasiada corriente, días en
los que el sol pone un excesivo reflejo en el agua...) no conseguimos ver a los peces, y
tampoco vemos rastros de actividad en ningún sitio, debemos pescar con preferencia las
cercanías de las orillas cubiertas de vegetación, serán estos los lugares donde
tendremos más probabilidades de éxito.
Al anochecer, y en plena noche, sobre todo si hay buena luna, el reo
puede cebarse activamente en superficie. Sin embargo, en esos momentos puede ser más
fácil pescarlos utilizando una ahogada, una ninfa o un estrímer, que una mosca seca (y
si nos decidimos por la seca: un gran plumero de color claro, o un pequeño póper de
blacbás, pueden ser la solución). Tal vez el motivo sea que esas cebadas espectaculares
no son siempre en busca de comida, sino algo así como un ejercicio o un juego. O tal vez
la razón sea que, como ya he comentado, los reos no suelen ser especialmente selectivos,
y menos cuando la luz es escasa y se sienten más seguros.
En todo caso, repito, no hay porqué esperar al atardecer para
intentar pescarlos. A cualquier hora podemos tener éxito. Y cuando el éxito llegue
podremos comprobar si la fama que tiene esta trucha de ser especialmente brava y luchadora
es cierta. Personalmente no dudo de que su defensa es especialmente espectacular, aunque a
mí no me parece que lo sea más que la de un blacbás o la de una trucha arco iris; de lo
que sí dudo es de que presente más batalla que una trucha común autóctona del mismo
tamaño. Incluso, llevando en esto la contraría a muchos pescadores, opino que en algunos
ríos (por desgracia cada vez menos) hay truchas autóctonas, sedentarias, más bravas que
cualquier reo de similar talla. Puesto que esta opinión se sustenta en gran parte en
razones puramente subjetivas. Disfruto más con la inteligencia de la trucha que busca su
refugio entre las ramas, aprovecha la fuerza de la corriente para descolgarse río abajo,
o enreda el sedal entre mis piernas, que con las cabriolas acrobáticas del reo. Cabriolas
que, por otra parte, tampoco son ajenas a algunas truchas que nunca han visitado el mar,
que las utilizan como una artimaña más para lograr librarse del anzuelo.
En lo único en lo que el reo plantea especiales dificultades es en
el trance de atraparle con la mano, especialmente si no somos muy duchos en ello. Si no
estamos muy acostumbrados a cobrar truchas a mano, más nos vale utilizar una sacadora de
mango largo. La desconfianza del reo, de la que tanto he hablado, surge con fuerza cuando
se ve en nuestras cercanías. Como, además, no es difícil (si no ha conseguido escaparse
con sus primeros saltos) acercarlo hasta nosotros, llega con sus fuerzas intactas; fuerzas
que utilizará de forma explosiva en cuanto un movimiento algo brusco por nuestra parte le
haga tomar nueva conciencia del peligro en que se encuentra.
Dónde pescarlo en España
En nuestro país las truchas emigrantes sólo se encuentran allí
donde los ríos son trucheros hasta su desembocadura, es decir: en la cornisa cantábrica
y las costas de Galicia.
En estas zonas, cualquier río puede darnos buenos reos, en los ríos más pequeños
debemos buscarlos en las cercanías de la desembocadura. En los ríos de más caudal los
reos pueden ascender varias decenas de kilómetros, si alguna presa no le impide el paso
antes.
Asturias y Galicia se tienen por las regiones con mejores ríos para
la pesca del reo. En Asturias destacan el Sella, el Narcea, el Cares, el Esva, el
Porcia... (aunque no todos los años por este orden). En Galicia: el Mandeo, el Tambre, el
Masma, el Grande (éste ha perdido mucho en los últimos quince años, que es el tiempo
aproximado que llevo pescándolo con cierta regularidad), el Sor, el Ulla...
Curiosidades
En algunas zonas del Tajo, por encima del embalse de Entrepeñas, se
capturan desde hace años unos peces cuya filiación no está del todo clara.
Los estudios morfológicos realizados parecían indicar que eran salmones atlánticos
(Salmo salar) que cumplían su ciclo vital entre el pantano y los cauces tributarios. Sin
embargo, parece ser que los análisis genéticos efectuados posteriormente indican que
esos peces son truchas comunes (Salmo trutta).
Si esto es cierto, estaríamos ante algo así como unos "reos de pantano", y
significaría que los cambios de librea de las truchas migratorias no están directamente
relacionados, como se creía, con el paso del agua dulce al agua salada.
El tamaño medio de los reos españoles ronda los trescientos o
cuatrocientos gramos (aunque depende en buena medida del río). Los más grandes pueden
pasar de los tres kilos, aunque en nuestro país los reos por encima de los dos kilos son
relativamente escasos.
Los reos de mayor tamaño se capturan en latitudes más frías, donde alcanzan pesos por
encima incluso de los diez kilos.
Alejandro Viñuales |