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Colaboraciones

 

LA VISIÓN DE LOS PECES

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             Articulo aparecido en el nº 3 de la revista A LÁTIGO.
  Me llama Manuel Labrado, director de esta recién alumbrada revista de pesca para mosqueros. Me pide que escriba alguna colaboración para A LÁTIGO y mi respuesta es: ¿pero cómo voy a escribir de una pesca, la de mosca, en la que mi ignorancia es enciclopédica?.  Me dice que no, que él había pensado en que redactase algunos temas relacionados con los peces, con la gestión de los ríos, con su dinámica, ... -lo que me tranquiliza- y en concreto, que estaba interesado en la visión de los peces.

  Recuerdo entonces que en una lista de pesca  de Internet en la que participo y donde  -a través de correo electrónico- nos reunimos para intercambiar experiencias, informaciones ... un creciente número de mosqueros expertos y algunos -como yo- aspirantes a tan honroso título, devotos todos del captura y suelta, fieles todos a la pesca sin muerte, que en uno de los correos electrónicos recientes -¿de Alejandro Viñuales?- se hablaba sobre la eficacia de una mosca, fecundidad en proporcionar tomadas que se atribuía a que, vista por la trucha desde abajo, se asemejaba a un determinado insecto en vuelo.

  Esta especulación -vocablo que no ha de entenderse en su acepción peyorativa, pues mucho saber empieza como especulación contrastable, ¿qué son si no las hipótesis científicas?- estaba relacionada con la visión de la trucha común, pero no en el seno acuático, sino en el aire; lo que supone implicar, además de la arquitectura y fisiología ocular de la pintona, la influencia del plano que deslinda el medio aéreo del acuático; plano, por otro lado, más teórico que real, puesto que habitualmente la superficie del agua estará rizada por el viento, revuelta por el apresurado fluir del río sobre un fondo irregular, propicio a las turbulencias y, en los casos más desfavorables, tamizado por las burbujas de aire que estas turbulencias atrapan en las chorreras.

  Aceptando, sin embargo, que la trucha seleccione los insectos que sobrevuelan el río sólo en las condiciones más favorables -plano acuático sin turbulencias, burbujas, ...- esto supone que la trucha es capaz de distinguir unos insectos de otros, es decir, los ve con suficiente agudeza,   para discernir caracteres que le permiten la identificación.

  Claro que ...siempre nos queda el suponer que la trucha no selecciona realmente, sino que ante una determinada eclosión, el salmónido se lanza a la caza de insectos que emergen del agua, capturando mayoritariamente ese que está eclosionando durante esos momentos y el pescador que le lanza una imitación -más o menos conseguida- tiene éxito. Lo que supondría que la vista de la trucha no es suficientemente aguda en estas condiciones para seleccionar el insecto. Pero no resuelve el problema principal: ¿cómo ve la trucha?.

  Porque afirmar que la trucha tiene la capacidad de ver los insectos que sobrevuelan no es entrar en un terreno especulativo; bien lo saben todos aquellos quienes han reparado en los certeros saltos con que las truchas comunes y otros salmónidos cazan las moscas de mayo, las efémeras, los plecópteros... que revolotean sobre el río.  La trucha ve los insectos, pero ...¿con qué grado de agudeza? ¿Es ésta suficiente para permitirle diferenciar unos insectos de otros?. Y si es así, ¿los distingue por la forma, por su color, por  ambos?.

  Hasta hace pocos años, hablar de moscas y de mosqueros era hablar de la pesca de truchas y salmones,  pero hoy esto no es cierto, los pescadores que empuñan una caña para cola de rata pescan con sus streamers, con sus "bichos", sus ninfas, sus emergentes, ... lucios y black-bass, carpas y barbos,  sábalos, ... y, en el mar, caballas, estorninos, anjovas, ... Por eso, el problema es más amplio del antes enunciado (cómo ve la trucha) y se transforma en cómo ven los peces.

  Pero para nosotros, seres visuales aéreos, resulta muy difícil comprender realmente como ven unos seres cuya arquitectura ocular está diseñada para un medio, el acuático, unas mil veces más denso que la atmósfera.

  Nuestra vista, en una atmósfera  muy limpia y con luminosidad óptima, como la de un día soleado tras un copioso aguacero,  puede alcanzar una treintena de kilómetros; los peces parecen tener su límite máximo de visión a unos 15 m. y, con frecuencia, esta frontera visual está bastante más próxima, tanto por factores intrínsecos de la propia especie íctica (estructura y fisiología del ojo) como por factores ambientales que disminuyen la penetración o transmisión de la luz en el medio acuático (limos en suspensión, desarrollo fitoplanctónico, etc.).

  La permanente polémica dueña de las riberas entre los pescadores de señuelo no mosqueros (los señuelos deben verse lo justo, para unos; mientras que, para otros, los engaños son tanto más eficaces cuanto más destaquen) tiene entre los mosqueros su correspondencia en el sempiterno debate de si imitaciones genéricas (de conjunto) o reproducciones fidelísimas. Y como unos y otros tienen experiencia de éxito, pues la polémica permanece abierta. Y seguirá también después de estas cuartillas pues, además de la visión están interviniendo en ese éxito otros factores, como apetito, acometividad, etc. Lo que ha de entenderse como un regalo, pues de otro modo, ¿de qué hablaríamos los pescadores en las vísperas y en los largos meses de veda?.

  Sí estaremos todos de acuerdo en que, excluidos otros factores (apetito, luminosidad, ...) la eficacia de una mosca, una ninfa o un streamer va a depender de la velocidad con la que se desplaza, tamaño, forma, color, ... pero también de la visión del pez que pretendemos capturar.

  Así pues, ¿qué sabemos de la visión de los peces? 

VISIÓN BINOCULAR

  Al observar a un ejemplar de trucha, de bass, ... la posición de sus ojos puede inducirnos a error, haciéndonos creer que un objeto es visto con uno u otro ojo, pero no con ambos. Y sin embargo no es así. Los peces poseen un campo de visión binocular situado allí donde le es más útil para hacerse con su alimento, delante de la boca. Además, en este campo binocular anterior es donde su vista es más aguda y no sólo porque ahí dispongan de la capacidad de apreciar distancias.  Aspecto, éste,  tanto más necesario cuanto mayor sea la proporción de presas móviles (pececillos, renacuajos, insectos acuáticos, crustáceos, ...) que formen parte de su dieta, puesto que la estima de distancias resulta imprescindible para tener éxito con regularidad en la captura de estas presas potenciales que se desplazan en el seno acuático.

  En algunas especies ictívoras este campo de visión binocular se amplía con una disposición casi frontal de los ojos. El lucio puede servirnos de ejemplo.

  La visión binocular se explica al considerar que el cristalino de los peces es esférico (esa bolita de aspecto lechoso que todos hemos visto al asar u hornear un pescado) y no se asemeja (como en nosotros) a una lenteja..  Pero también ha de considerarse que este cristalino esférico sobresale del perfil cefálico paraAMPOS LATERALES

    Esfericidad y resalte que explican también el amplio campo de visión lateral (el pez ve hacia arriba, hacia abajo y hacia atrás).  Hecho que, traspasado al campo de la fotografía, ha dado lugar a que -coloquialmente- se denominen ojos de  se le hubiese desprovisto de la arandela final que limita lateralmente su luz.

  Sin embargo, en estos campos laterales de visión monocular no les es posible medir distancias con precisión y deben ser más útiles para detectar movimientos que para obtener imágenes nítidas, tal y como nos sucede a nosotros con aquellos objetos o sujetos de los que percibimos su movimiento por el rabillo del ojo sin que podamos precisar qué es lo que se mueve hasta no orientar la cara en esa dirección.

  En estos campos laterales de visión imprecisa un black-bass o una trucha común pueden ser engañados más fácilmente por una mosca que se desplaza que si ésta atraviesa su campo visual delantero. En el campo lateral basta con que parezca una presa habitual; en el frontal se le ha de convencer de que es una presa apetecible. En el primero funcionará bien las imitaciones de conjunto; para el campo delantero es conveniente que la mosca imite lo más fielmente al insecto

CONOS Y BASTONES

  La retina, capa ocular donde los rayos luminosos -fotones- van a producir reacciones fotoquímicas que, transmitidas por el nervio óptico, serán interpretadas por el encéfalo, posee en los peces -como en nosotros los humanos- dos tipos celulares: conos y bastones.

  Estos últimos, excitables por haces de luz débil, proporcionan una visión monocromática (distintos tonos de gris) semejante a la que nosotros tenemos en condiciones de semipenumbra (vemos la silueta del árbol que se recorta sobre la última claridad del cielo pero no podemos distinguir el color de sus hojas).

  Los conos sólo se excitan con luz intensa y son los responsables de la visión en color. De la mayor o menor densidad de estas células en la retina dependerá la mayor o menor sensibilidad visual a los colores. En general la discriminación de colores es notoria en todas aquellas especies que desarrollan sus ciclos vitales en aguas transparentes y bien iluminadas; por el contrario, está muy disminuida en aquellas ictioespecies que habitan aguas profundas o donde domina la opacidad. Tal es el caso de peces-gato, siluros, ... que habitan el fondo de biotopos frecuentemente cenagosos o limosos. En estos peces pierde importancia la visión cromática -y aún la visión a secas- a favor de otros órganos sensoriales (barbillones peribucales, línea lateral, olfato, ...) más útiles en estas condiciones para detectar el alimento o a predadores potenciales. Así, un pez carroñero debe tener un buen olfato en esta agua tomadas y un predador detectará a un pececillo con natación irregular a través de las ondas de presión que recibe su órgano sensitivo lateral.

  La desigual importancia de la visión en distintas especies ícticas queda reflejada, en alguna medida, en los diámetros oculares relativos. El cachuelo -por ejemplo- especie diurna que tiene su campo de acción en  aguas someras y en la proximidad de la interfase agua-aire, donde captura pequeñas presas móviles, tiene un diámetro ocular relativamente grande para su tamaño. Por el contrario, el siluro, cuyo ciclo vital transcurre en el tramo bajo de los ríos -segmento fluvial caracterizado por la presencia frecuente de limos y algas en suspensión- y cuya máxima actividad vital se inicia con el crepúsculo y se adentra en la noche, para actuar entonces como carroñero o como predador de presas poco móviles que tienen en los fangos del fondo su morada, tiene un diámetro ocular bien reducido en comparación con su crecido corpachón.

  Siendo esta disparidad de diámetros indicativos de la importancia que tiene la visión en los ciclos vitales de las especies ícticas, son las muy distintas densidades de conos y bastones los últimos responsables de una vista más o menos aguda. Y hay una estrecha correlación entre la calidad de visión cromática y los hábitos alimenticios, la posición espacial que ocupa cada especie ictiológica en el seno acuático y el momento del día en que desarrollan su máxima actividad. Y tan posible es esa agudeza cromática en función de éstos (hábitos, posición, ...) como éstos en función de aquella, pues en Ecología no tiene sentido hablar de relaciones simples causa-efecto sino de interacciones ( relaciones recíprocas).

PECES VISUALES  Y CIEGOS

    Los predadores de superficie, ya sean macrodepredadores (lucio, bass, trucha, ...) o microdepredadores (fartet, gambusia, cachuelo, ...) presentan un alto número de conos por unidad de superficie retiniana y, en consecuencia, una gran agudeza visual para los colores; son peces visuales. En el extremo opuesto se encuentran los habitantes de aguas profundas -donde la luz que llega es poco intensa o monocromática- o especies de hábitos nocturnos, que carecen de conos o los tienen en baja densidad. Estos peces son ciegos -o casi- para el color. Bien conocido de los pescadores es que bastantes peces carnívoros (bass, trucha, ...) muerden poppers, streamers ...en las proximidades del plano acuático en atardeceres y amanecidas, en momentos de sombra larga. La baja intensidad lumínica de estos instantes explican que -en igualdad de otros factores influyentes- las picadas sean más abundantes.

  Por el contrario, los peces visuales suelen poseer un relativamente menguado sentido del olfato; así se interpreta el escaso desarrollo de los centros olfativos del encéfalo.

  Tanto en los de acusada visión monocromática como en aquellos que hemos adjetivado de visuales la distribución de conos y bastones en sus retinas no sigue una pauta regular. En general, la región posterior de la retina (donde inciden los haces luminosos provenientes de su campo binocular anterior) presenta una mayor densidad de conos y/o bastones que el resto de la superficie retiniana, lo que explica que en éste campo delantero la discriminación de formas y colores sea mayor que en los campos laterales.

   A este modelo genérico hay que superponer las peculiaridades o características de las distintas especies ícticas. Por ejemplo: en el black-bass, la región inferior de la retina (donde inciden los fotones, los rayos luminosos de arriba) tiene una densidad de conos significativamente mayor que la superficie retiniana superior; y además poseen estos conos una mayor diversidad de pigmentos fotosensibles, que los hace sensibles a distintos colores (distintas longitudes de onda). Así, este centrárquido de verdosa librea, tiene un subcampo óptimo de visión delante y algo encima de su cabeza. Y con frecuencia el black-bass acomete al popper que el pescador le ofrece siguiendo una trayectoria ascendente.

AGUA Y LUZ

  Pero para comprender la visión de los peces tanta importancia tiene el conocer la estructura y fisiología ocular de estos seres como esclarecer en lo esencial el comportamiento de la luz en el medio acuático. La alta densidad de éste (unas mil veces más densa que el aire) explica -en buena medida- el comportamiento de la luz en su seno, entre otras consecuencias: la luz se extingue en el agua más rápidamente que en la atmósfera y cambia su longitud de onda (cambia de color) de forma también más intensa; pero también ha de considerarse como un factor relevante el ángulo de incidencia sobre la cara del agua del haz luminoso. De él depende que un rayo incidente sobre la superficie acuática penetre en ella, cambiando de dirección, refractándose (fenómeno que todos hemos observado al introducir un bolígrafo u cualquier otro objeto recto en un vaso de agua; el bolígrafo parece quebrarse al entrar en el líquido) o se refleje (brillo superficial del agua, tan frecuente cuando el sol -saliente o poniente- se alza pocos grados sobre el horizonte).

  La luz penetrante, además, se dispersa en todas las direcciones, creando un fondo luminoso en cualquier dirección visual del pez.

  Aún más, el haz de luz blanca penetrante (sum de violeta, azul, verde, amarillo, naranja y rojo) sufre en el agua un rápido desplazamiento hacia mayores longitudes de onda, hacia el rojo. Lo que expresado de otro modo significa que el violeta desaparece al poco de penetrar en el agua, transformado en azul; a mayor profundidad es el azul el que se pierde, ....  hasta que lo mismo ocurra al rojo y, por último, a cierta profundidad tan sólo queda la fracción roja del espectro. Más abajo la oscuridad es dueña absoluta del seno acuático. Pero para el mosquero, que posa sus secas y poppers en superficie o que tantea con sus ninfas y estrímeres las aguas a poca profundidad, la extinción relativa de las distintas longitudes de onda tienen un muy exiguo interés; salvo que se empleen técnicas y elementos ( líneas hundidas, ...) que buscan la picada a  cierta profundidad (pesca a 8, 10, ... metros).

A MODO DE CONCLUSIÓN

  De la interacción entre la arquitectura y fisiología ocular (que determina y es determinada por la biología de la especie a la que ofrecemos un bug, una minnow, una emergente, ..., las condiciones fisico-químicas del agua (rizaduras superficiales, turbulencias, partículas en suspensión, ...),   las biológicas (desarrollo fitoplanctónico, eclosiones, ...) y de la posición solar (estacional y diaria) va a depender la mejor o peor visualización de la trucha, el lucio, el bass, ... ; demasiados factores, demasiadas interacciones, para pretender controlarlos. Por eso, la pesca con caña es y será siendo una actividad donde se combinan la experiencia, la intuición y la suerte. En ello está su grandeza.

  Claro que ... ningún mal es de esperar si a la trucha le ofrecemos una seca que imita fielmente a ese insecto que eclosiona en esos instantes.cys.gif (1237 bytes)

J.L. Diaz Luna