![]() |
Historias de Pescadores |
Último Día (Alejandro Viñuales 21 / octubre / 1997 )
El 29 de septiembre acudo a cerrar la temporada al coto
de Belmonte. No voy con demasiadas esperanzas de coger grandes truchas, pues en los diez
días anteriores he visitado dos veces este coto, una tercera vez encarnado en un amigo, y
los resultados fueron bastante normalitos (sólo una trucha, el día 24, de unos 35 cm. El
resto, pequeñas).
Llego al coto cuando hace poco que ha amanecido (algo que no hago
habitualmente). La niebla comienza a levantarse en densos jirones desde lasuperficie del
agua, y el sol todavía tiñe la panza de las escasas nubes de rojo oscuro. Yo me siento
en una piedra redonda y blanca, como un hongo enorme que hubiera crecido en la orilla del
río, al principio del coto, esperando y observando. Alguna pequeña trucha come en los
bordes de la corriente algo que no puedo distinguir. Me dedico a mirar durante casi una
hora, el cielo ya está casi enteramente azul y el día se anuncia luminoso.
Comienzo a pescar, despacio. El flexible bambú mueve con delicadeza la seda
de la Phoenix del dos, y una pequeña imitación de hormiga vuela para posarse en el borde
de las corrientes. Con ella saco una también pequeña trucha en los chorros del inicio
del coto. Poca cosa. Las grandes huyen cuando la mosca pasa junto a ellas, y las más
grandes ni siquiera están en sus puestos. Subo sin pescar hasta el final de "la
tabla del taller mecánico", me acerco a la orilla de mi izquierda y espero sentado
otro buen rato. El rumor de la corriente me tiene casi hipnotizado, en el agua la luz
forma chispas como estrellas fugaces, el mundo de las truchas se me aparece como tras un
cristal móvil. Las veo quietas en el fondo, aparecer y desaparecer según los vaivenes de
la corriente, aparentemente tan ensimismadas en no sé qué como yo lo estoy en su
contemplación. Un agudo parloteo me hace volver la cabeza: una ardilla me mira desde la
rama de un aliso cercano, apenas a metro y medio de mi cabeza. Sus peludas orejas
levantadas y sus ojos vivaces muestran lo que yo pienso que es una curiosidad similar a la
humana. La estoy mirando un rato, no sé cuanto,ella también me mira y emite chasquidos,
pequeños gritos, ruidos que para la ardilla creo que son un lenguaje completo. Luego,
salta hasta una rama mas alta, desde allí vuela hasta un fresno cercano, y lo último que
veo es su peluda cola desapareciendo en la espesura de un bosquete de sauces.
Vuelvo a mis labores de pescador. Sin saber cómo ni cuándo, las truchas han
comenzado a comer. En la corriente del otro lado del río, junto a la valla del taller,
las cebadas se suceden una tras otra. Delante de mi, a menos de dos metros, varias truchas
se han situado con el lomo rozando la superficie, que escrutan atentamente y de donde
toman algo diminuto conbastante frecuencia. No me hace falta buscar en el agua. Intuyo lo
que están comiendo. Procurando no hacer movimientos bruscos pongo una artificial muy
simple, anzuelo del 26 y cuerpo oscuro con una vuelta de hilo de montaje. Una sola pluma
de la rabadilla de un pato azulón, montada casi en el centro del anzuelo y recortada
tanto por delante como por detrás, da a la mosca un aspecto de ye-ye con tupé pasado de
moda. Sé que esta imitación funcionará, pero también sé que, para que una trucha la
tome, la debo posar muy suavemente y hacer que pase justo por encima de su cabeza. Al
tercer intento, la trucha más cercana coge mi mosca. Lucha como sólo estas truchas saben
hacerlo, dando espectaculares saltos y ofreciendo toda la resistencia que sus escasos 25
cm le permiten.
Tras liberarla, lo intento con las truchas del chorro principal, seis o siete
metros a mi derecha, pero aquí no me resulta tan fácil .Mi mosca se hunde demasiado
deprisa, y no soy capaz de apreciar las posibles picadas.Tras una infructuosa serie de
lanzados me parece que una cebada se produce en el lugar por el que debería estar pasando
mi mosca, levanto la caña y un bonito pez (unos treinta cm) comienza a debatirse en el
extremo del sedal. Salta espectacularmente, yo bajo la caña, vuelve a saltar, vuelvo a
bajar la caña, y cuando la levanto de nuevo la trucha ha escupido mi mosca. Suele ocurrir
con los anzuelos pequeños, y no es algo que me importe en exceso. La visión de la
trucha, un metro sobre la superficie, brillando bajo el sol entre una nube de agua
pulverizada, el ruido de la trucha al caer al agua, la tensión en mi caña..., es
suficiente para que me sienta impregnado del placer de la pesca, no necesito más para ser
feliz.
La mosca está demasiado empapada como para esperar que flote siquiera un
momento en los chorros de arriba. La cambio por otra de similar factura, y lanzó a la
pocita de la cabecera, donde tantas buenas truchas he pescado en los dos últimos años.
Pero la eclosión parece haber acabado con tanta brusquedad como había comenzado. Ninguna
picada, ninguna trucha puesta, ninguna cebada.
Son las once de la mañana. Una nube tapa el sol. Parece haberse formado
encima de mi cabeza. Comienza a llover débilmente, un pequeño chubasco que sólo dura
unos minutos y que no hace preciso ponerse el impermeable, sobre todo porque la
temperatura es más bien alta. Subo sin pescar hasta la poza de la curva, lanzando
únicamente dos veces, una al lugar donde tiene el refugio la trucha que tan bien conoce
J.R. Gonzalez Erkizia, y otra a donde esa trucha entró a su mosca aquel día de agosto.
Ni aquella ni ninguna otra trucha se interesa por mi mosca. Comienzan a volar abundantes
plecópteros de la familia Leuctridae, esos que los ingleses llaman needle fly. También
lo habían hecho en mis dos anteriores visitas y las truchas apenas se habían movido.
Pero tal vez hoy fuera diferente. En los plecopteros no es el momento de la eclosión lo
que mueve a las truchas a comer arriba, sino el momento de la puesta.
En la profunda y pequeña poza bajo el laurel las truchas tampoco están
puestas. Decido no esperar y subo hasta las corrientes de la cabeza de la tabla del
polideportivo. Mientras camino lentamente por el agua tranquila, decenas de truchas,
cientos de ellas, huyen entre mis pies, como no sabiendo por donde escapar de aquello que
turba su descanso. No las hago demasiado caso, solo sonrío interiormente al recordar la
afirmación del amigo de un amigo que, después de pescar este coto un día con resultados
mediocres, afirmó que ya no quedaban truchas en él, que se las habían llevado los
furtivos.
Llego a las corrientes, los últimos metros caminando de rodillas, y dudo
entre lanzar al agua o esperar a ver algún movimiento, cuando descubro una magnífica
trucha apostada en un diminuto remanso, situado delante de una rama de aliso que cuelga
hasta rozar el agua. Pescar allí con un díptero a una trucha que no los está comiendo
no tiene sentido, necesito una mosca que pueda ver sin problemas para controlar su deriva,
pues debo realizar un lanzado curvo que no estoy nada seguro de lograr a la primera, y no
quiero que la mosca se enganche en la rama. Pongo un tricóptero gris en un anzuelo del
16, una mosca grande para mis costumbres. Para que no me retuerza el terminal, lo cambio
por uno más grueso, de catorce centésimas de milímetro.Como me imaginaba, el lance no
es perfecto, la mosca cae demasiado a la derecha de la trucha y la corriente la desplaza
aún más mientras desciende. Pero a la trucha no parece importarle, se desplaza al menos
un metro y coge mi mosca en un chapoteo nada discreto. Clavo con firmeza, y la trucha se
lanza río abajo, hacia la poza del tilo. Pasa a mi lado y comprendo porqué mis esfuerzos
no consiguen frenarla: la trucha, que a mí me parecía que no media más de 25 cm, pasa
holgadamente de los 30, y tal vez de los 35. Con la mano izquierda aplico algo más de
presión a la línea y consigo que no se meta entre la maleza sumergida. Salta un par de
veces, sacudiendo la cabeza como si fuera un blacbás, pero el anzuelo está bien clavada,
y el nailon del 14 me permite algunas brusquedades.
Poco después tengo la trucha en la mano. Realmente es una bella trucha, de
un magnífico color dorado, tan gorda y tan sana que da gloria verla. La suelto y sigo
adelante. Nada de pescar al agua. Hay buenas truchas puestas, y puedo pescarlas con mosca
seca y a pez visto. El ideal de cualquier mosquero se hace realidad. Atravieso sin un
lance la tabla de debajo de la pasarela del final del polideportivo. Las truchas que veo
son pequeñas o ya están sobre aviso por las que vienen espantadas desde atrás. Algunas
más grandes salen de entre la vegetación de la orilla cuando ya estoy encima de ellas.
Creo que las hubiera podido pescar si las hubiera descubierto a tiempo. Por fin, en la
corriente de la derecha, ya casi debajo de la pasarela, la silueta de una trucha de
suficiente tamaño se recorta contra el fondo, apostada delante de una piedra, en las
cercanías de la superficie y aparentemente ignorante de mi presencia.
El bambú hace volar la seda, y las plumas que encubren el hierro caen donde
yo quiero. La trucha no duda un momento y coge el señuelo. Al sentirse clavada cruza el
río por delante de mí hasta la corriente de la izquierda, y allí intenta escapar río
abajo. Tenso el hilo, y la mosca suelta su presa bruscamente. Qué le vamos a hacer,
murmuro. Estoy ya en los chorros de enfrente del parque, donde abundan las truchas por
encima del kilo. Desgraciadamente no veo ninguna cebada en los chorros, ni ninguna trucha
puesta. Como no quiero lanzar al agua voy ascendiendo, despacio, intentando descubrir
algún pez en algún remanso de las orillas. No tardo en ver la primera, debajo de un
pequeño sauce, en una corriente minúscula. Pongo la mosca a su alcance, la trucha la
toma con decisión, yo levanto la caña, y no ocurre nada. Me parece un rechace realmente
extraño, había visto la boca de la trucha bien abierta ¿qué la habría hecho no comer
en el último momento?. No importa. Como cinco metros después, otra trucha, aún más
grande, en otro minúsculo remanso pegado a la orilla y alimentado por una pequeña
corriente. La mosca cae justo donde la corriente penetra en el remanso, la trucha espera a
que la mosca llegue hasta que solo tiene que abrir la boca para cogerla. Tiro, y la trucha
se va por un lado y la mosca por otro. Empiezo a sospechar que algo raro ocurre. Compruebo
la mosca, y descubro que el anzuelo está roto en la curva. Lo siento por la trucha de la
pasarela, me temo que llevará durante algunos días un trocito de hierro en la
mandíbula. Pongo una mosca nueva, otro tricóptero gris montado en otro anzuelo del 16, y
analizo durante unos segundos la situación.
Los plecópteros siguen volando, especialmente entre las ramas de los sauces,
entregados a alguna labor que sólo ellos conocen. Al parecer, las truchas están
esperando que alguno caiga al agua, en lugares donde no tengan que gastar energías
luchando contra la corriente, sobre todo cerca de las orillas herbosas.Como no veo ninguna
otra trucha en las cercanías, subo hasta el final de las corrientes de la plaza. Sigo sin
ver ninguna, pero en un remanso, ya al final de los chorros, un pez coge algo de la
superficie. Parece una trucha pequeña, el lugar donde está situada apenas tiene quince
centímetros de profundidad. Lanzo la mosca, y la truchita vuelve a cebarse, esta vez a la
mosca falsa. Clavo sin mucha convicción, si es una trucha pequeña prefiero no pescarla,
y una trucha de al menos cuarenta cm sale disparada de la pocita hacia el chorro
principal. Intento volver a clavar con algo más de energía, pero desgraciadamente es ya
tarde. El anzuelo se ha soltado. Me aseguro de que no está roto y busco una nueva
oportunidad. Diez minutos después he pescado y liberado dos truchas pequeñas en las
corrientes del kiosco y estoy debajo del puente. Es un lugar donde generalmente sólo se
ven truchas no muy grandes, y donde habitualmente yo me doy la vuelta para volver a
empezar a pescar desde abajo. Pero hoy decido llegar hasta el final del coto. Voy a cruzar
el puente, pero antes me fijo en una pequeña poza, prácticamente en idéntica situación
que aquella que unos minutos antes me había dado una sorpresa con el tamaño de la trucha
que albergaba. La observo durante unos largos minutos antes de decidirme a pasar de largo
o a pescar al agua. Me parece ver que algo se mueve, y de repente una sombra deja de ser
una sombra y se convierte en una trucha de un tamaño poco habitual en los ríos
españoles. No me atrevo a pensar cuanto mide o cuanto pesa, pero tengo claro que quiero
pescarla. Lentamente me agacho y retrocedo un par de metros. Corto el terminal del 14 y
pongo un 16. Me aseguro de que no fallan los nudos. Calculo la altura a la que el puente
está sobre mi cabeza y compruebo que la caña no chocará contra el hormigón si la elevo
verticalmente. Entonces me decido. Una repentina racha de viento arroja la mosca sobre una
piedra, medio metro a la derecha de la trucha. Lanzo de nuevo y ahora la mosca sí cae en
el chorrito, treinta centímetros delante de la trucha, y va hacia su cabeza flotando
lentamente.La trucha levanta su enorme boca y la coge, pero al momento se da cuenta de que
allí hay algo raro e intenta escapar. El bambú se comba como creo que nunca lo había
hecho. El pez coge la poza grande bajo el puente e intenta librarse del anzuelo huyendo
río abajo, pero, como si el salir a la luz le confundiera, vuelve sobre sus pasos y
continúa una lucha sorda en los cinco o seis metros de río que están a cubierto.
Consigo subirla hasta la superficie, pero vuelve a tirar con fuerza y gana de nuevo el
fondo, así hasta cuatro o cinco veces. En la siguiente ocasión logro mantener su cabeza
levantada y, tras un salto que me lanza una rociada de agua, se queda exánime. Aprovecho
la oportunidad y consigo acercarla, bajo mi mano,y vuelve a dar un fuerte tirón que me
obliga a dejarla ir unos metros. Pero no cedo un milímetro más, fuerzo la línea al
máximo, hay suerte, y la potencia del bambú hace el resto. Vuelvo a tenerla a mis pies,
y esta vez si puedo cogerla. Mide cerca de 55 cm, y está gorda. Luce unas magníficas
manchas, muy marcadas, y su cola es casi tan ancha como mi mano abierta. No me atrevo a
calcular su peso, pero aseguraría que pasa de dos kilos. La suelto y miro como escapa. No
parece estar demasiado agotada y en un segundo la pierdo de vista. Me relajo y rememoro de
nuevo toda la escena, no quiero olvidar ningún detalle. Nunca había visto una trucha de
ese tamaño por esta zona. Creo que es una de las que habitualmente se encuentran bajo la
alcantarilla principal, aunque no sé qué la habrá podido obligar a abandonar aquel
puesto, como no sean las repetidas sueltas que había observado en mis últimas visitas al
coto de algo que parece agua jabonosa. Aún no es hora de comer.
El día ya no puede ser mejor, pero decido explorar las corrientes de más
arriba del parque antes de marcharme. Aquí es muy difícil descubrir a las truchas. El
agua baja por la izquierda del cauce, según mi posición, y una abundante vegetación
oculta los mejores puestos. Lanzó por encima de la rama caída de un aliso, y nada más
caer la mosca al agua una trucha coge la mosca. Es bastante pequeña, bajo la caña y la
trucha se esconde tras la rama y se libra por si misma de la mosca. Más arriba hay un
puesto ideal, protegido por una espesa maleza bajo la que se desliza la corriente, dejando
apenas un espacio de cuarenta cm bajo las ramas por donde meter la mosca. Lo intento, y la
mosca se engancha en una hoja. De un tirón consigo que se suelte, vuelvo a lanzar, y
ahora sí cae la mosca en el agua. Se repite la historia, y la picada es inmediata. La
trucha tampoco es muy grande, pero no consigue librarse de la mosca por más que aflojo la
tensión, así que la llevo hasta mi mano para quitarla el anzuelo. Mientras la desclavo,
la miro. Pasa de 25 cm, pero me parece diminuta. La suelto y decido que es ridículo
seguir pescando. Mi capacidad para disfrutar de la pesca había sido colmada. Si por
casualidad cogiera una trucha de digamos un kilo, lo que no sería raro teniendo en cuenta
cómo estaba el día, sería algo así como una trucha desperdiciada. Sólo sería una
trucha más después de la gran trucha. Mejor dejarlo y dejar de molestarlas , que
comieran tranquilas.
Son ya cerca de las dos. Yo también tengo hambre. Bajo hasta el coche, me
quito el traje de pescador y me como un bocadillo de queso con jamón y pimientos verdes
fritos que me sabe a gloria. Aunque no tenga ya mucho que ver con la pesca, os diré que,
aprovechando que aún había tarde por delante, paré, camino de mi pueblo, a coger setas,
y llené la cesta de rebozuelos (Cantharellus cibarius), trompetas de los muertos
(Craterellus cornucopioides), lengua de vaca (Fistulina hepatica), carboneras (Russula
cyanoxantha) y hongos calabaza (Boletus edulis). Para rematar la jornada, y mientras
buscaba setas, me encontré con un corzo entre los castaños que, al verse sorprendido, me
hizo una curiosa demostración de fiereza, saltando a mi alrededor mientras ladraba y
gruñía en un tono que, sinceramente, llegó a causarme respeto.