![]() |
Historias de Pescadores |
El Baile de las corrientes (Luis Valverde, 23/5/97)
Hace unos días leía un mensaje de ......... que nos animaba a darle mas al banco de montaje y menos a la filosofía. Naturalmente, esto hizo que me pusiera a filosofar sobre el asunto. Así, a bote pronto, se me ocurrió que el pescador, sobre todo el mosquero que pesca truchas, es un filosofo existencial compulsivo. Creo que todo empieza con una maniobra de pesca que, a veces, se ejecuta en ríos que tienen un buen numero de corrientes de medianas a fuertes, en la época en que un cierto tipo de algas cubre por completo las rocas. La operación consiste en un extraño baile, mezcla de contorsiones y giros, con los brazos completamente extendidos y describiendo molinetes, al tiempo que se acompaña la acción con unos sonidos guturales y sincopados que van progresivamente aumentando el tono. El resultado final es un pescador mojado, a veces dolorido, que, o bien busca su cana por el río o comprueba que las dos piezas de las que se solía componer la dicha cana se han convertido en tres.
La operación en si no tiene gran eficacia a la hora de coger truchas, mas bien al contrario, pero es exactamente lo que le hace a uno preguntarse: "Que hago yo aquí", o "Por que yo" y demás reflexiones existenciales. Opino, además, que aquel pescador que no sepa de lo que estoy hablando esta a falta de pasar el rito iniciatico de los pescadores existencialistas.
Por supuesto que la pesca da amplias oportunidades para reflexiones parecidas, como un frío madrugón de sábado, después de una semana apretadita o ese truchon que se escapa cuando uno realmente lo tenia en la mano, pero algo tiene el baile de las corrientes que lo hace especial.
De todas maneras, esta muy bien la llamada al orden, que hay un trabajo que hacer y montar moscas es cosa seria. A mi me gusta montar moscas mas que comer pipas y tengo moscas grandes, moscas pequeñas, moscas exóticas, moscas de sobra. Pero eso no hace que me olvide de la filosofía, no señor. Mi problema es que si no hago moscas no pesco, porque solo pesco con las moscas que hago, lo que dobla la satisfacción de pescar y, probablemente, divide entre dos el numero de truchas, ya que no soy lo que se dice un as en el arte de la fabricación de insectos. La parte buena es que tengo un incondicional, que es mi hijo y que pesca fundamentalmente con las moscas que hago. Esto me ha permitido mantener mi estatus de héroe, parcialmente, cada vez que se le da bien con alguno de los inventos de su padre.
El caso es que tengo que hacer alguna ahogada mas.
El Baile de las corrientes (Alejandro Viñuales 24/5/97)
Después de filosofar y reflexionar un rato entre montaje y montaje de mosca, he creído conveniente aportar a la clase de baile acuático que con tanta maestría ha impartido Luis Valverde algunas variantes que, si bien algo mas dificultosas, no carecen de espectacularidad, riesgo y gracia etérea.
La primera variante es el "paso a dos". Para
realizarla es conveniente que los ejecutantes estén perfectamente conjuntados, pues ello
mejora la calidad visual del espectáculo.
Su ejecución es como sigue: Dos pescadores deciden que deben vadear un tramo
especialmente difícil y acuerdan hacerlo cogiditos de la mano, como aconsejan los
expertos. Así unidos van dando pasitos entre las traidoras rocas y luchando con la fuerza
de las corrientes, hasta que uno de los dos, no necesariamente el mas torpe, da un mal
paso y su piececito comienza a resbalar. Como es lógico se aferra al brazo de su
compañero para recuperar el equilibrio, pero por desgracia el equilibrio de la pareja
también es bastante precario en ese momento. A partir de aquí las variantes son
infinitas, y dependen en buena parte de la calidad artística y humana de los danzantes.
El desplome puede ser mudo, con un grito de uno u otro, maldiciones, imprecaciones mutuas
o, algo muy bello, un aullido a dos voces que en cierta ocasión tuve la suerte de
escuchar y cuyo recuerdo aun hoy me pone la carne de gallina. Yo aconsejo que la caída
tenga lugar de manera armónica, con ambos danzantes entrelazados por el talle, las
respectivas cañas entrechocando como espadas, y las cuatro piernas pataleando a la vez,
como intentando subir por una escalera vertical. Las reacciones de los bailarines al final
de la pieza son variopintas, pero aunque parezca mentira no suele este ser el inicio de
una historia de amor, o tal vez si, ya se sabe que el amor y el odio son sentimientos que
a veces se confunden.
Otra variante es la danza denominada "adiós, adiós", o bien: "Dios mío, y como me paro ahora". Para ejecutarla es precisa la conjunción de un pescador osado y de un río de corriente poderosa y uniforme. Su inicio suele ir acompañado de dudas vitales del tipo: ¿podré hacerlo?, seguidas de un pasito de prueba que pone al pescador con el agua por encima del ombligo e inclinado en un ángulo de unos treinta grados para contrarrestar la fuerza de la corriente. Si el pescador es de los habituales bailarines de esta pieza, a este primer paso sigue otro, y otro, hasta que el danzante comienza a brincar desesperadamente intentando no perder el equilibrio mientras es arrastrado río abajo como una brizna de paja. Es este un baile realmente didáctico, y lo aconsejo a todos los que quieran comprobar de forma practica cuan poca cosa somos. La duración depende de la pericia del bailarín: si es realmente hábil puede descender durante decenas de metros mirando río arriba con ojos como platos y el rostro demudado, hasta que definitivamente ocurre lo inevitable, pierde el equilibrio, da un par de vueltas como una peonza, y definitivamente adopta la posición horizontal y muda el baile por una natación poco ortodoxa, participando en una variedad de triathlon que combina pesca, natación y descenso de aguas bravas que merecería convertirse en deporte olímpico. El espectáculo suele acabar en la orilla de una poza, con el deportista saliendo del agua con la gracia de un sapo y recordando, una vez recuperado el resuello, que el llevaba una caña de ochenta mil pesetas en la mano.
La ultima variante que voy a comentar no es exactamente
un baile, mas bien es un espectáculo completo, una pieza de teatro moderno en la que
intervienen varios personajes y en la que yo tuve la fortuna de participar hace unos años
en el Alto Tajo junto a dos magníficos actores. Algunos lo denominan "hacer la
estatua". Todo comienza cuando uno de los pescadores vadea el río por un paso que
exige cierto valor para brincar sobre tres o mas piedras, con el agua a un dedo de
penetrar por los vadeadores, y sabiendo perfectamente que un pequeño error en el salto es
fatal de necesidad. Le siguen otros pescadores, hasta que le llega el turno a uno que teme
especialmente el morir ahogado. Picado en su amor propio da el primer salto y se coloca en
el centro del río, pero una vez allí las fuerzas le abandonan. Se siente incapaz de
continuar e intenta el regreso, pero, o fortuna adversa, la piedra sobre la que esta
situado con el agua al pecho es irregular, se desmorona al menor movimiento, y le resulta
completamente imposible moverse. Los demás actores comienzan a dar instrucciones
contradictorias: por la derecha, o no, mejor por la izquierda; apelando al valor del actor
principal: salta hombre, no seas gallina, si eso lo brinca un niño; de ayuda que parecen
propias de posibles herederos: pasa la caña, no la vayas a romper... El aterrado pescador
situado en el centro de la poza comienza a perder la paciencia, su rostro ya acusa cierta
palidez, y solo balbucear frases incoherentes, entremezcladas con algún gemido, alguna
afirmación evidente: no puedo pasar, y alguna petición de ayuda que no obtiene oportuna
respuesta. Los pescadores que están a salvo en la orilla comienzan a soltar risitas que
al que se ve cadáver no le hace ninguna gracia, y que suelen desencadenar algún insulto.
Alguno intenta ayudarle desde dentro del agua, pero las manos que se tienden quedan
siempre un centímetro mas lejos de lo aceptable para el pescador paralizado por el miedo.
El desenlace se acerca cuando alguien tiene la feliz ocurrencia de buscar una rama larga y
ofrecerle un extremo. Esto le da la suficiente seguridad como para intentar salir
del atolladero (eso y el pensar que una vida en aquella situación no merece la pena ser
vivida), agarra la rama con fuerza y se lanza al vacío con el valor de la desesperación.
Lo siguiente depende del mensaje que quiera lanzar el director de la función: la rama se
rompe si de lo que se trata es de hacer una metáfora con la fugacidad de la fortuna; los
compañeros sueltan la rama al notar que el peso del saltarín es excesivo para sus
fuerzan y decidir razonablemente que con uno que se moje basta, en un claro símil del
egoísmo de los seres humanos... El caso es que el telón cae mientras un pescador se
hunde hasta la gorra y el resto de los pescadores intenta sacarlo del agua con mas
voluntad que fortuna, y uno le pisa la mano con la que el remojado intentaba asirse a las
piedras de la orilla, el otro le da en la cabeza con el palo que le ofrecía con toda su
buena voluntad... En fin, una caos del mas bello efecto que suele ser muy aplaudido por
los espectadores y que es un reflejo del caos y el absurdo en que, según el autor de la
obra, la vida de todos nosotros se debate. ![]()