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Historias de Pescadores |
Telegráfica crónica larga de Belmonte (Alejandro Viñuales 10 / mayo / 1999 )
Por esas cosas de la vida moderna, todo prisas,
tengo que ser escueto en la descripción de mi primer día de pesca de esta temporada en
mi coto de Belmonte.
A los que llevan menos tiempo con nosotros les informo de que el coto de
Belmonte es un corto tramo, en gran parte urbano, del río Pigüeña. Está medio
canalizado y a él vierten las alcantarillas del pueblo. Sin embargo es mi coto preferido
de pesca, no porque tenga muchas truchas, aunque tiene bastantes, ni porque las truchas
sean muy grandes, aunque las hay magníficas, sino porque son truchas como las de antes:
se ceban a cualquier hora, y a menudo en el centro del día, son truchas a menudo muy
selectivas y muy difíciles, y luchan como condenadas cuando clavas alguna. Por comparar,
me recuerdan a las antiguas truchas del Gallo. Son truchas totalmente autóctonas (hay
análisis genéticos que así lo demuestran) y como el agua no está demasiado limpia las
eclosiones de dípteros son grandiosas: si alguna vez habéis sacado una trucha de medio
metro con un terminal del 10 y una mosca montada en un anzuelo del 26 comprenderéis
porque cada vez que me acerco al coto (y habrán sido unas treinta veces las que lo habré
pescado desde que se creo) me sube la adrenalina.
Pues el caso es que llego al coto a eso de las 12 de la mañana y en los
primeros chorros un par de rechazos de truchas pequeñas y una truchilla de unos 25 cm.
Veo volar un tricóptero canela oscuro bastante grande y pongo la imitación
correspondiente.
Pescando de punta en los blandos de las corrientes saco en la hora siguiente
cuatro truchas de entre 22 y 25 cm, una de ellas venía robada. Al llegar a uno de mis
tramos preferidos me entretengo cambiando de mosca, probando con varias ninfas, con
emergentes, con secas pequeñas y grandes, colocó un terminal de 10 centésimas...
Finalmente un tricóptero gris me da una trucha de algo más de 30 cm que sale clavada del
costado y que me hace correr veinte metros tras ella río abajo al descolgarse por las
corrientes. Compruebo que las truchas están gordas, preciosas, duras y en plena forma. A
estas alturas de la temporada no es normal que tengan tan magnífica condición, está
claro que este año la primavera ha venido buena.
En la siguiente hora sólo una truchita de 20 cm se clava en unos chorros
cuando la mosca se había hundido. Me voy a comer un bocadillo mirando el río, un tanto
mosqueado, no porque los resultados fueran malos, he tenido días en Belmonte de sufrir
mucho para no volver bolo a casa, sino porque no había visto truchas grandes en sus
puestos, que ya conozco como si estuvieran en el pasillo de mi casa.
En mi cabeza empezaba a rondar la idea de que algún desastre había acabado
este invierno con las buenas truchas de Belmonte. La razón me decía que eso no era
lógico y que estarían en sus refugios, pero mi inquietud no menguaba.
Cuando estaba terminando el bocadillo veo lo que me parece una cebada en
plena corriente. Cojo los prismáticos y compruebo que efectivamente algunas truchas comen
en un chorro en el otro lado del río. Engullo el pan que me quedaba de un golpe, lo paso
con un buche de agua, y me lanzo al río de un salto.
Veo volar una oliva terciada y, por un golpe de suerte de esos con los que a
veces la fortuna nos regala, decido poner una imitación de oliva en montaje totalmente
invertido ("waterwisp"). La primera prueba me da una trucha pequeña. Corro al
chorro donde he visto las cebadas y compruebo que continúan. Lanzo la mosca a la cebada
más cercana y una trucha sube franca y coge la mosca. Levanto la Scott y la trucha la
comba, obligándome a bajarla y ponerla de lado para que trabaje el tercio inferior, que
la trucha lo merece. La trucha salta un metro por encima del agua y en el salto escupe la
mosca. Magnífico espectáculo, sin pensar aplaudo la habilidad de la trucha y le dedico
un "¡olé tus branquias!".
Seco la mosca con unos falsos lanzados y pongo la mosca un poco más arriba.
Apenas toca la corriente desaparece en un borbotón de agua. Decido ser brusco y traigo a
la trucha volteada para acortar la lucha, todo sale bien y unos segundos después tengo en
mi mano un bonito ejemplar de algo más de 30 cm.
Lanzo metro y medio más arriba y otra trucha coge la mosca, y se conoce que
le gusta mucho porque apenas levando la caña el terminal del 10 dice que ya ha tenido
bastante y la trucha se queda con la mosca. Busco otra similar y compruebo con
resignación que sólo me queda una. La pongo y subo algo más arriba, a observar un
remansito que tengo ya fichado. Diez segundos de observación me bastan para ver una
preciosidad de pez que sube tranquilamente a comer un efémera. Lanzo mi artificial y la
trucha se lo zampa como si fuera tonta. Levanto la caña y, horror, se engancha la punta
en una rama del aliso que tengo sobre mi cabeza. La trucha se lanza corriente abajo, y yo
maldigo por no haber aprovechado el cambio de mosca para haber cambiado también el
terminal por un 0,12. Tiro de la caña, que para eso tiene garantía de por vida y ya sabe
lo que es romper el puntal, y el aliso la suelta. La trucha se ha metido en la solapa de
la orilla y la doy por perdida, meto la punta de la caña bajo el agua, tiro, y está
claro que es mi día de suerte: la trucha sale y quiere escapar corriente arriba, pero eso
ya no se lo permito, fuerzo todo lo que el terminal me deja y treinta segundos después
quito el anzuelo a una trucha gorda y de cabeza pequeña que ronda los cuarenta
centímetros, y seguramente el kilo de peso.
Corro a las corrientes del taller mecánico, a ver si la eclosión de olivas
también allí se hace notar. Y el primer lanzado y una trucha de 25 cm me confirman que
así es. Lanzo de nuevo sin secar la mosca, se hunde, y cuando lleva medio metro bajo el
agua la línea se estira; clavo y una trucha nada, sin prisas, cruzando el río hacia mi
derecha, intenta buscar refugio en los huecos que hay bajo un muro de ladrillos pero
consigo torcer poco a poco su trayectoria y llevarla a aguas más abiertas. Al haberla
clavado bajo la superficie no puedo subirla tan deprisa como me gustaría y me cuesta un
par de eternos minutos el rendirla. Finalmente libero otra trucha gorda y cuarentona,
preciosa.
Cambio de corriente, un par de lanzados y finalmente la historia anterior se
repite: cuando la mosca baja hundida una trucha la coge. Tiro y la trucha busca también
refugio bajo el muro, pero esta vez el terminal me falla cuando intento forzar y la trucha
se va con la mosca.
Me digo que aunque no tenga más montajes iguales uno parecido dará
similares resultados. De paso aprovecho para cambiar el terminal y poner un 12. Pero ya
las cosas no son similares. Saco aún tres truchas más, ninguna de gran tamaño, pero
tengo también un par de rechazos, y la actividad remite poco a poco. Cuando llego a los
tramos donde están las truchas más grandes del coto no veo nada, sólo alguna trucha en
el fondo de las grandes pozas que huye cuando me acerco.
Subo hasta las corrientes del parque, pero allí la actividad es también
casi nula. Exploro con un tricóptero emergente los blandos de esas corrientes y salen
cuatro truchitas, con las que me despido del coto, a las cinco y media de la tarde. Creo
que el día dio de sí todo lo que esperaba y aún más. Un buen día que añadir a los
muchos buenos días, que os malos pronto los olvido, que este coto me ha dado y espero que
me siga dando.
Como curiosidad comentar que fui testigo de cómo una trucha de unos treinta
cm o poco más se zampaba, con grandes esfuerzos, a una despistada que andaba cerca de los
quince cm. La lucha por la supervivencia es la hostia. ![]()