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Historias de Pescadores |
¡Menudo Galisancho! (Fernando Gil Castillo 23 / mayo / 2000 )
Aunque
los augurios de los salmantinos Charro, Sebastián y Antonio (por cierto gracias a todos)
no eran los mejores pues la presa de Santa Teresa sigue desembalsando a razón de
cincuenta metros cúbicos por segundo en vez de los ocho habituales, para allí que nos
fuimos (familia incluida, de turismo).
¡Y decían que había bajado el nivel! ¡Como estaría antes! ¡De impresión!
Agua muy fuerte, alta y fría (están sacando el agua del fondo del embalse, turbinando
según el ingeniero). No me llevé el termómetro, pero, a la hora, tuve que cambiar de
vadeadores. Dejar los "pijos" de "goretex" y ponerme los de neopreno,
que se me estaban congelando los "cataplines".
Después de recorrernos el coto de abajo a arriba un par de veces, convine con Fernando
Jr. que lo mejor iba a ser pescar el brazo que pasa junto al pueblo de Galisancho y que ya
nos había recomendado Sebastián. Al menos allí se podía vadear sin sobresaltos. El
agua bajaba algo menos rápida que en el río pero igual de fría.
Mi hijo, según se pone el vadeador, se mete al agua y comienza a lanzar a izquierda y
derecha subiendo río. Si le dejas, es fácil que se haga "a piñón fijo" un
par de kilómetros pescando "al agua" o a lo que sea. Me costó bastante
convencerle que hoy, no era uno de esos días. Que teníamos que buscarlas desde la orilla
primero.
Desde la una hasta las tres no se movió nada. Ni moscas ni truchas. Barbos sí que vimos
bastantes, pero no estaban por la labor de coger las ninfas que les presentamos. Uno, que
hizo un extraño, salió robado de una aleta. Un barbazo de cerca de dos kilos. A las
tres, comenzamos a ver bajar "pardones" y algún tricóptero pequeño. Una
corriente pasa bajo las ramas de un aliso. Detrás, una cebadita. ¡Por fin! ¡Y repite!
Se ceba un palmo por detrás de las últimas hojitas semi-ahogadas. Lanzo tocando verde. A
la segunda pasada del "pardón", lo toma y clavo. Se descuelga río abajo
ayudada por la corriente. Es un trucha bonita que andará por los seiscientos gramos, con
unas pintas rojas enormes, de cerca de un centímetro de diámetro cada una. Fernando me
pide que la mantenga, que va a hacerle una foto. Aparecer la cámara y soltarse la trucha
es todo uno. La maldición de la cámara, lo llama mi amigo Manolo. Raro, pues es un
anzuelo del dieciséis. Lo miro por si acaso y compruebo que está bien, aunque su
afilado no me parece bueno ahora. ¡Lástima!
Paseos y más paseos para comprobar que la actividad es muy escasa. En unas tablas encima
del pueblo, alguna se ceba a lo lejos en el centro de la tabla, sin repetir. A las cuatro
y media la actividad cesa por completo. Ni moscas ni truchas. Aprovechamos para comer
algo, sentados entre la hierba de la orilla que nos llega hasta los hombros. A instancias
de mi hijo, nos damos un paseo hasta el río para comprobar que allí tampoco y que
la visión sigue "acojonadora". ¿Vamos a mirar en las choperas a ver si cogemos
alguna "Morchella"? Vamos. Pero tampoco.
A las seis y media decidimos que ya está bien de pasear y que nos vamos a buscar a mamá
y a Cristina que están en Salamanca. Llegando al coche, Fernando ve a lo lejos una
cebada. Dice que ha repetido (¡santa inocencia!)
Pero, efectivamente; una trucha se está cebando en el centro del río. Son cebadas lentas
y grandes. Se me pone la piel de gallina porque presiento que puede ser una gran trucha.
Tapándonos, nos conseguimos colocar detrás de ella, justo donde se encuentra la tablilla
del final del coto. A nuestro lado, el agua se desploma en cascada entre los arcos del
antiguo molino al que traía el agua el canal que estamos pescando. La trucha está a diez
metros delante nuestro.
¿Como le lanzamos? Desde donde estamos, está algo lejos y tenemos arboles cerca y
detrás. No podemos meternos al río pues hay bastante agua y la cercanía del sumidero
del molino asusta. Fernando me suplica
que le deje lanzar a él primero. Vale majete, pero ¿como?.
-Me voy río arriba y se la presento a favor de corriente, me dice
-¡Pero te va a dragar, hijo!
-¡Que no me draga, déjame!
Se va orilla arriba, agachado y alejándose del río y aparece cuatro metros por encima de
donde se encuentra la trucha, que sigue a lo suyo. Se ceba por dos veces, cada minuto,
aproximadamente. No sé que está comiendo, pero no se ve nada arriba. Por las burbujas
que deja cuando se ceba, puede que sean dípteros o emergentes bajo la superficie.
Fernando está cambiando de mosca. Llevaba un pequeño tricóptero de pelo de ciervo . No
sé que le habrá puesto ahora, pero sospecho que una que le gusta mucho. El
"dipteróptero" de David Capilla. Es "su mosca" .
Comienza a hacer falsos lances y a sacar línea. Arrodillado entre la hierba y con una
cara de agobio-atención, grande.
-¡Estas sacando mucha línea! ¡Está más cerca!, le susurro, pero no creo que me oiga.
Hace un lance largo y perpendicular al río. La mosca le cae cerca de la otra orilla y a
tres metros por encima de donde se cebó la trucha.
-¡Ahí no!, casi le grito. ¡Mas corto y hacia abajo!
Según estoy hablando, Fernando está levantando la punta de la caña, trayendo hacia sí
la mosca, que patina por la superficie. Cuando llega al centro del río, para y baja la
caña. (¡Joder que cabrón, se la está poniendo "a huevo"!)
La mosca baja como por un carril, derechita al punto donde se cebó la última vez...
¡Glooobs...!
¡La tengo, papá! ¡La tengo!
La trucha se debate bajo el agua y quiere meterse bajo el árbol de la orilla de enfrente
(¡espero que aguante el hilo!). Ya sale. Se descuelga un poco río abajo y, por un
momento, tengo miedo que se tire por el sumidero del molino... pero no, sube río arriba.
Salgo corriendo hasta donde está Fernando.
¡Aguántala, Fer! ¡Aguántala, que es grande! (¡Que no se le vaya, por Dios, que luego
le tengo que aguantar en casa toda la semana!)
Me meto (medio me tiro) confiando que en la orilla no cubra mucho. Fernando sigue forzando
a la trucha para que se acerque. No está por la labor pero parece que las carreras son
menos fuertes y ya solo cabecea.Con cuidado, va acercándola hasta donde estoy yo con el
agua hasta el pecho. Un par de sacudidas que me mojan la cara y ... ¡te cogí!
La dejo entre la hierba y, como puedo, y sin ayuda de mi hijo, que está más ocupado en
pegar brincos y lanzar alaridos que en auxiliar a su padre, trepo hasta arriba. ¡Coño
que truchón, Fernando! Cuarenta y seis centímetros. Gorda como un ceporro gordo. Y
preciosa. Con pintas grandes, como la que se fue por la mañana.
Fotos "a tutiplen". De lado, de frente. Con caña, sin caña. Trucha bajo
el sobaquillo... vamos, una amplia panoplia de posturas.
Llena de pupas de micro-tricópteros. A cienes. Y la sacó con el
"dipteróptero", como suponía.
De nuevo, me "mojó la oreja". Pero ¡oye!, fenomenal. Trucha y media para
cuatrocientos kilómetros no es fantástico,pero... ¡a ver quien le dice a éste que
menudo día de pesca! ![]()