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La Pesca a Mosca en España

Historias de Pescadores

Cuatro Jornadas de pesca en Castilla la Mancha
Zarza (Antonio Fernández Pinto 
12/Junio/ 2002 ) 
 


La provincia de Guadalajara presenta unos grandes contrastes que permiten al pescador pescar un día el Alto Tajo, con sus cortados calizos, sus pinares y sus aguas verdosas, y al siguiente acudir a la Sierra de Ayllón donde el paisaje de alta montaña propio de otras latitudes ofrece unos verdes y mullidos prados entre los que corren arroyos de frías y claras aguas junto a laderas cubiertas de bosque caducifolio. El pescador, en este caso, tengo el privilegio de haber sido yo y la jornada que os relataré es la del pasado miércoles, 3 de junio.

La Soledad es una de las razones que, a nivel personal, más valoro en la pesca. No soy una persona insociable, al menos eso creo, aunque tampoco soy un dechado de las relaciones públicas. Muchos estiman que no es muy normal e incluso hay quien te mira como bicho raro cuando lo explicas, tampoco falta quien te considera egoísta. En cualquier caso estar y/o sentirme solo pescando a mosca inmerso en un río o paraje de vez en cuando supone para mí uno de los mayores placeres. Hecha esta declaración de principios comenzaré a relatar una jornada de pesca que también tiene cita fija en mi calendario de cada temporada. Es sabido por quienes lo conocen que este lugar de pesca tiene una buena población de truchas aunque no son grandes (es muy extraordinaria una captura de más de 35 cms.) y que tampoco son selectivas. Sin embargo se encuentra inmerso en un paraje de montaña de gran belleza, en un valle que invita a la contemplación.

El río Zarza es afluente del Lillas que a su vez es el principal aporte de aguas que recibe el río Sorbe en la zona más alta de su cuenca. Es un río con poco más de diez kilómetros de longitud que no supera cuatro metros de anchura, un auténtico arroyo de montaña. Su caudal es típicamente variable del principio de primavera al estío, pasando de torrencial a casi inexistente. En toda su extensión está considerado como tramo de pesca libre sin muerte y sólo puede pescarse a mosca. Se enclava sobre un suelo de pizarra que le da su característica negrura por la transparencia del agua y los fondos cubiertos de guijarros y losas de esta negra roca. Las orillas son totalmente despejadas salvo esporádicos espinos, enebros o sabinas que difícilmente superan los dos metros de altura sobre un tapizado de pradera de gran espesor que amortigua cada uno de nuestros pasos.

Tras la jornada del día anterior en Peralejos no tenía el cuerpo para madrugar así que ya eran las 9:00 cuando salí de casa, en esta ocasión solo. Decidí tomar la N-I para desviarme hacia Riaza y después dirección a Atienza. La climatología continuaba revuelta, cruzando Somosierra caían chuzos de punta, llegando a Riaza asomaba el sol entre amenazadoras nubes sujetas por las cumbres. Tras tomar el desvío a Cantalojas, población más cercana al lugar de pesca y puerta al Parque Natural de Tejera Negra, me dirigí a la pista de Majalrayo. Un par de kilómetros después estaba aparcando el coche tras al puente sobre las juntas del Zarza con el Lillas. De nuevo comenzó a llover. Una vez vestido para la ocasión, monté un bajo de tres metros acabado en un 12 y até un tricóptero de cuerpo rojo y pelo de ciervo natural. Eran las 11:30 y el viento arreciaba golpeando las gruesas gotas contra el chubasquero y el vadeador, cualquiera que me viese me tomaría por loco. Ese arroyo de montaña, ese cielo, la lluvia y la soledad. Espoleado por semejante panorama, para mí extraordinario, decidí avanzar por la orilla, aguas arriba, para alejarme del coche y la pista.

A las 12:00, empapado de agua por fuera aunque seco por dentro, sentado y parapetado tras un pequeño espino que asomaba sobre una tabla parada del río clavé mi primera ¿trucha?, era una sardinita de no más de 12 cms... que con mucho cuidado desanzuelé y devolví a su lugar. Le siguieron otras cuatro, ninguna más inferior a los 15 cms. y la mayor de unos 22. Todas ellas negras como el río, con sus preciosas pintas rojas y con aspecto de tener más edad que la que su talla daba a entender. En estos lugares no ser visto es sinónimo de capturas, el acercamiento y la ocultación durante el lance son fundamentales y casi garantizan la pesca. Quizás también sea esto lo bueno de la soledad, porque que alguien te vea tumbado a lo largo y boca abajo asomado a un arroyo o cómo te deslizas sentado en la hierba húmeda con el vadeador hasta la orilla cuando no lo haces caminando a cuatro patas y todo ello bajo una infernal lluvia, no debe dejar muy buena impresión de tu persona. Ver las truchas un día como este era difícil por no decir imposible, cuando no lo evitaba la lluvia con su golpeteo sobre la superficie era la propia escasez de luz del cielo y el negro fondo de pizarra quienes convertían en imposible semejante empresa.

Pocita a pocita, tablita a tablita, fui engañando truchas, peleando con la lluvia y el viento para lanzar aunque ellas permitían errores en el lance y en la posada. Eran las 13:30 y decidí buscar un refugio donde poder comer el bocadillo que llevaba en el bolsillo trasero del chaleco. Al fin tras caminar unos minutos encontré una losa de pizarra que, sobresaliendo en la ladera, dejaba un pequeño espacio seco bajo ella. Sin el chubasquero ni el chaleco, sentado en un "agujero" seco y contemplando ante mí el valle me sumergí en la "soledad" más absoluta. Durante ese tiempo dejó de llover y asomó tímidamente el sol entre las nubes, una larga hora estuve en éxtasis ya que un bocadillo y un cigarrito, evidentemente, no dan para tanto.

De vuelta a la tarea decidí ser algo más selectivo, busqué los finales de las tablas más largas y las cabeceras de las más profundas. Las capturas, aunque más esporádicas, resultaron ser todas de talla superior a los 20 cms., llegando a clavar un par de ellas de más de 30. Algo más tarde tuve que cambiar de mosca por segunda vez, ya lo había hecho en la mañana, debido a que los numerosos ataques cortaban el pelo de ciervo dejándolas "peladas". Eran las 15:30 y tras un instante en el que el cielo se tornó completamente negro comenzó a granizar, durante casi media hora estuve soportando el permanente martilleo que me impedía por completo pescar, a punto estuve de marchar hacia el coche cuando ví que todo se empezaba a cubrir de blanco. Al cesar el granizo las truchas reaccionaron con loca confianza durante un buen rato en el que, entre otras clavé las dos mayores con unos 35 cms. Después asomó durante unos minutos el sol y la actividad cesó con la misma celeridad con que había comenzado.

Fue otro excelente momento para hacer un alto en la pesca y disfrutar del paisaje, el granizo a medio licuar, el cielo cubierto de negras nubes y el sol colándose por entre sus jirones conformaban una imagen muy especial. Me percaté de que no había llegado muy lejos, quizás seis o siete curvas del río, pero desde luego no tanto como la temporada pasada en la que sólo tras dos horas de marcha volví a divisar el coche a mi vuelta. Eran las cinco de la tarde, quizás podría pescar durante media hora o una hora más, tenía que volver pronto a casa porque volvía a la rutina al día siguiente, tras revisar el bajo y ser consciente de que debería montar uno nuevo por su mal estado decidí regresar al coche. Recogí pensando en aquellos rápidos, tablas y pozas que me dejaba por pescar en esta ocasión, mentalmente los recorrí uno por uno según caminaba, cómo olvidar aquella tabla que me sorprendió la temporada pasada con una trucha de ¡40 cms!, ..... quizás siguiese ella allí, así lo desee.

La llegada al coche coincidió con un nuevo nubarrón. Llovía con ganas pero, en cuanto me hube cambiado resguardándome con el portón del maletero como podía, dejó de hacerlo. Ya en el coche pude ver que eran aún las 18:00, una buena hora para terminar la jornada recorriendo la pista hasta Majalrayo y volver por la N-II. Los veinte kilómetros de camino estaban en buen estado, aun así conduje despacio, disfrutando del espléndido panorama primaveral que se me ofrecía, no había rodadas recientes, quizás nadie había pasado en todo el día por allí. En una de las curvas me sorprendió una cierva que, tranquilamente, se dirigió hasta el borde del camino y, tras mirarme, se perdió entre las sombras de los pinos, poco después cruzaba el Sonsaz, aprendiz de río aquí, que vierte también al Sorbe colaborando con su caudal. Eran las 18:30 cuando divisé Majalrayo, los pueblos de la arquitectura negra, Campillo, Roblelacasa, etc....., el embalse del Vado.... Tamajón, ..... desde aquí ya sin pensar la carretera de buen firme me lanzó definitivamente hacia casa....

Nuevamente trataré de acudir a la cita la próxima temporada, en las mismas fechas y entre semana. cys.gif (1237 bytes)