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Historias de Pescadores |
El sábado pasado nos fuimos mi buen amigo y tocayo,
Paco Calatayud y un servidor, al Cabriel, al coto de Cristinas. Llegamos sobre las 10 y
media a Cañete (el que mas larga la tiene mas honda la m..., según dicen por allí), y
tras almorzar opíparamente nos fuimos directos al coto. Montamos y nos pusimos a pescar a
seca. El día era gris y no había eclosion aparente, ni truchas en posición, pero
pescando el agua logramos clavar una veintena de truchas de escaso tamaño (la mayor de 24
cm, y la mayoría entre 20 y 22 cm.). La mañana estuvo pues divertida hasta que cambio el
tiempo y cesaron las picadas. Estuvimos un par de horas recorriendo el coto pescando con
todo lo que teníamos a mano ,sin ver nada ni tener picada, hasta que cuando ya estabamos
a punto de cejar en el empeño, nos asomamos a una poza tapados por la maleza, y ....
allí estaban!! Había por lo menos 20 , y todas de muy buen tamaño. Las estuvimos
observando unos minutos y vimos que se estaban cebando a algo pequeño que no acertábamos
a ver con claridad. Diseñamos la estrategia a seguir, y decidimos bajar unos metros,
vadear y colocarnos en la otra orilla, desde donde podíamos lanzar los dos sin problemas,
puestos en paralelo, y pescar cada uno una orilla de la poza, uno desde el medio de la
corriente en que acababa la poza, y el otro desde la orilla. Que les ponemos? era la
pregunta del millón, y comenzó el desfile de modelos con los mejores diseños de
temporada, hasta que una efemerita de color carne asalmonada anillada en huevo, mereció
la aprobación de las presentes y comenzó el festival. Que cayera la mosca en el agua
(cuestión sumamente difícil debido al viento) y clavar era todo uno. Mientras uno
cobraba, el otro lanzaba y si le caía la mosca en el agua, clavaba también al
instante. En varias ocasiones estuvimos ambos clavados, con peligro de enredar las
líneas, lo cual conseguimos evitar con gran pericia y maestría (que buenos somos,
comentábamos satisfechos) y gracias también a la potencia de nuestras cañas y a la
calidad y resistencia de nuestros terminales que nos permitía forzar la pelea hasta
limites insospechados. En poco menos de una hora dejamos la poza temblando, y hartos de
pescar nos fuimos al coche exhaustos, y con los brazos doloridos, felicitándonos de
nuestra buena suerte, y confesando que había sido la mejor pesquera de madrillas en
mucho tiempo. Eso si , hay que ver que gordas estaban!!! ![]()